Historiador de la Ciudad

21 de enero: Día de acción de gracias a Nuestra Señora de La Altagracia

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

España, en el año 1679, al firmarse la paz de Nimega, no hizo reclamaciones contra Francia, que ocupaba una porción de la Isla; poco más de cien años después se la cedía. Se debe observar que estos hechos ocurrían, ciento cincuenta y doscientos años, después del comienzo de la conquista española. Esas luchas entre franceses y criollos trajeron como consecuencia la batalla de La Sabana Real de La Limonade.

El 21 de enero del año 1691 ocurrió la batalla, de La Sabana Real de La Limonade[1], en que los franceses querían invadir la parte Este de la Isla. El Rey ordenó al gobernador, don Ignacio Pérez Caro[2], atacar a las tropas francesas. Pérez Caro puso al mando, de las tropas criollas, al capitán Antonio Miniel; quien venció a las francesas, del gobernador Tarín de Cussy. Las tropas, compuestas por cibaeños e higüeyanos, triunfaron sobre las francesas, próximo a Cabo Haitiano. Los vencedores trajeron las armas, como ofrenda, a la villa de Salvaleón de Higüey. La espada, de la victoria, fue puesta cerca del cuadro de la Virgen, en su capilla mayor, como trofeo y memoria de la victoria; desde entonces se conmemora su devoción, en esa fecha. Por eso, a partir de 1692, se consagraron los 21 de enero, como fiesta anual de la Virgen de La Altagracia. La batalla de La Limonade, ganada a los franceses por los criollos, era capitaneada por los mariscales de campo, Francisco Segura y Antonio Miniel.

La noticia de la participación gloriosa de los higüeyanos, en la célebre batalla de La Sabana Real de La Limonade está expresa en un documento de fines de siglo XVII, en que consta que, “una espada fue puesta cerca del cuadro de Nuestra Señora de La Altagracia, en su capilla mayor, como trofeo y memoria de la victoria en aquella batalla, testimonio que entonces se invocaba en la isla de aquel sangriento episodio de gloria nacional, por haber sido justamente lo que dio origen a las celebraciones altagracianas de enero en la villa de Higüey” [3].

La batalla de La Limonade fue la más importante, entre las numerosas libradas, contra las tropas francesas que nos invadían. Sobre este particular, Antonio Sánchez Valverde, en su Idea del Valor de la Isla Española, escribe: «Sería infinito referir todos los encuentros que por más de siglo y medio tuvo nuestra Nación con la Francesa en Santo Domingo y sus cercanías, hechos que reservamos para nuestra Historia, donde descubriremos también a la larga las máscaras con que los desfiguran los Franceses. Lo que no podemos omitir para la inteligencia de esta Obra, es que así como los echamos de la Tortuga, de Santo Domingo y de Samaná, también les hicimos salir de Isla Baca. Pero como el número cortísimo de los nuestros lo dejaba todo desierto a su retirada y la Corte de Francia tenía un interés grandísimo en la Isla, iba siempre engrosando su partido y ocupando cuanto podía. Cuando España declaró en favor de Holanda la guerra contra Francia, se hallaba ésta con tales fuerzas en la isla Española y Tortuga, que Beltrán de Ogerón, Señor de la Boüere, Gobernador de la última, formó el proyecto de apoderarse de toda la isla Española por los años de 1673. El mismo desvarío propuso a su Corte, como facilísimo, Mr. Ducasse en 1695, cuando pocos centenares de nuestros Lanceros, cuyo nombre sólo helaba el corazón Francés, acababan de humillar esta Nación y hacerla correr por las montañas como Ciervos. Cuatro años antes, esto es, en 1691, había sido la gran batalla de Sabana Real, en cuya llanura poetas como Francisco Morillas, de cuya glosa en honor de la victoria de los criollos en la Sabana Real de la Limonade se recuerdan dos jactanciosos versos: Que contra sus once mil, sobran nuestros setecientos. Porque con este número de Criollos derrotamos aquél de los enemigos, por más que quieran rebajar el uno y subir el otro sus historiadores […]»[4]

O nuestros cuatrocientos, según otra versión. Los dos versos, de Francisco Morillas, están citados en Idea del Valor de la Isla Española, de Antonio Sánchez Valverde e Historia de Santo Domingo, de Antonio del Monte y Tejada.

La Isla fue objeto de disputas, por parte de las potencias colonizadoras, en los siglos XVII y XVIII. España y Francia, en el 1697, por el tratado de Riswick[5], dividen la Isla, en dos partes, abrogándose la primera las dos terceras partes con 48,734 km2; la segunda, el resto occidental, con 27,750 km2. Surgen dos colonias, con diferencias en sus conformaciones históricas, raíces culturales, desarrollo económico y evolución política. El tratado deRiswick no fue exclusivo para la Española, sino un acuerdo pactado, entre Francia y un grupo de países, miembros de la llamada Liga de Augsburgo. Este tratado puso fin a las hostilidades en Europa, entre Francia y España; repercutió en Santo Domingo. España, según la interpretación de los franceses, reconoció la soberanía francesa sobre la parte occidental de la Isla.

A principios del siglo XX, Fernando Arturo de Meriño, arzobispo de Santo Domingo y presidente de la República, pidió a la Santa Sede, la concesión de Oficio Divino y Misa Propia, el 21 de enero, como día de la Virgen de La Altagracia; que fuese festividad de precepto; ya que los 15 de agosto no se podía, pues la Santa Madre Iglesia Católica celebraba en esa fecha[6] el Misterio de la Asunción de la Virgen a los Cielos. El pedimento fue aprobado y la concesión es efectiva para toda la Arquidiócesis de Santo Domingo. Luego de la aprobación local, en 1692, por el Arzobispo Primado de América, Isidoro Rodríguez Lorenzo, lo del 21 de enero es aprobado, por Roma, doscientos treinta y cinco años después; el 31 de octubre del año 1927, fue declarado, el 21 de enero, día de precepto, con autorización papal.

Nuestra Señora de La Altagracia fue declarada, Madre Protectora del Pueblo Dominicano, por Mons. Adolfo Alejandro Nouel, el 15 de agosto del 1922, en la Puerta del Conde o Baluarte 27 de Febrero. El 28 de noviembre del 1924, siendo presidente Horacio Vásquez, fue declarado, oficialmente, el 21 de enero, como día no laborable y de fiesta nacional, en todo el territorio dominicano;mediante moción, presentada por el diputado Teófilo Ferrer, convertida en la Ley 3600, por el Congreso, de 1924. Anteriormente, en 1915, el senador Enrique J. De Castro, había propuesto igual moción, en el Senado de la República, pero el proyecto se estancó, en la Cámara Baja.

Grandes hechos ocurren, cuando el barbarismo humano, aquel carente de toda misericordia y conciencia, amenaza la presencia del pueblo de Dios. Así, cuando nuestras costumbres, raíces y FE cristianas se vieron amenazadas, nuestros hombres, en la histórica batalla de La Sabana Real de La Limonade, invocaron a la Virgen de La Altagracia y salieron victoriosos. Eso ocurrió el 21 de enero de 1691.

Repercusión del 21 de enero

En la contienda los combatientes se encomendaron a la Virgen y salieron victoriosos. Las tropas compuestas, por higüeyanos y cibaeños, triunfaron sobre las francesas en un lugar próximo a Cabo Haitiano. Fue tanta la repercusión de este hecho, en América y Europa, que Sor Juana Inés de La Cruz[7], mejicana, y Francisco de Ayerra y Santa María[8], puertorriqueño, dedicaron inspirados escritos a tan magno acontecimiento. Sigüenza y Góngora, historiador español, es autor de una obra, sobre esa batalla, llamada Las Relaciones[9].

Fray Cipriano de Utrera, historiador español, resume, de la manera siguiente, el relato de la batalla de La Sabana Real de La Limonade:

El 21 de enero del año de 1691, las armadas rivales se encontraron en la sabana de la Limonada. El enfrentamiento fue terrible y por mucho tiempo indeciso; en algunos momentos los españoles parecían flaquear. Los lanceros del Cibao, de El Seibo y de Higüey, esperaban apostados la orden de entrar en acción, armados con sus machetes y sus picos. Al momento preciso, ellos se lanzaron al ataque con una intrepidez indomable y decidieron el destino de la Batalla de manera tan gloriosa que el Gobernador de Cussy y docena de sus mejores generales cayeron en el campo; el resto de sus tropas, miserablemente vencidas, emprendieron una dolorosa retirada y se dispersaron sin que nadie los alcanzara y les impidieron saquear el Guárico, que nuestra gente arrasó por el fuego. Pero el testimonio más seguro de la participación gloriosa de los higüeyanos en la batalla, es dado por documentos de fin de siglo XVII, los cuales atestiguan que una espada fue colocada cerca de la imagen de Nuestra Señora de La Altagracia como un trofeo de esta victoria, testimonio de este sangrante episodio de gloria nacional, el cual constituye el origen de las celebraciones altagracianas del mes de enero en Higüey.[10]

Salvaleón de Higüey aportó el mayor número de hombres que sabían manejar el machete; arma que menciona, en su obra, Moreau de Saint Méry[11], como “poderoso artefacto del criollo dominicano, para batir reses montaraces, y ya sabemos que al Este, de Higüey, se hallaban las más notables y ricas porciones de terrenos, llamados de montería”[12].

El arzobispo, Fray Fernando de Carvajal[13], el día 2 de diciembre del año 1695, escribe al rey de España, Carlos II, haciéndole mención, explícita, de la antigüedad del culto de Nuestra Señora de La Altagracia, en la villa de Salvaleón Higüey.

El machete de la victoria

Los criollos pelearon, con destreza; la cabeza del gobernador, de la vecina colonia francesa, rodó por tierra; trajeron el machete, a la Villa, como trofeo; fue colocado en la capilla mayor de la Iglesia, próxima al cuadro de la Virgen.

“Los vencedores llevaron las armas como ofrenda a la villa de Salvaleón de Higüey, marcando esta fecha, 21 de enero, como el único lugar del mundo en donde se festeja a la Virgen. El histórico machete permaneció en el Santuario hasta los días del Tratado de Basilea en 1795. Se dice que fue repuesta por el padre Mariano Herrera después del triunfo de Palo Hincado (1808), en el cual también fue cercenada la cabeza del comandante de las tropas francesas, general Luis Ferrand, repitiéndose el episodio de Sabana Real de la Limonade de 1691. El histórico machete desapareció definitivamente en los días de la Ocupación Haitiana”[14]

Hermandad de los toreros

Los hateros y criadores higüeyanos suplían de carnes a las tropas en guerra, las enviaban al Cibao, con destino a la línea noroeste. Hateros y criadores acordaron donar un toro, anualmente, para costear con el producto de su venta los gastos de las festividades conmemorativas de los 21 de Enero. Así surgió “la sugestiva Ofrenda de los Toros a la Virgen” para cuya recolección se formó la Hermandad de los Toreros; llamada luego Hermandad de Comisarios. Recorrían, con anticipación, toda la región y, en la vigilia de la celebración, se reunían en un espléndido fundo, del paraje de Santa Ana, Santana, “entre el Paso de Sanate y La Cruz de Ceja Esperanza”; en donde tenía lugar una velación, que duraba un día. En Higüey los toros eran recibidos en “el atrio del templo por el reverendo Capellán”. La Hermandad de los Toreros de la Virgen perduró, en una primera etapa, desde su inicio, en 1692, un año después de la batalla de La Sabana Real de La Limonade; hasta 1822, cuando la ocupación haitiana. El Pbro. Felipe E. Sanabia, cura y capellán del santuario, la restauró, en 1916, por instrucciones de Luis A. de Mena, secretario de cámara y gobierno, del arzobispado de Santo Domingo, en esa época. En su recorrido por los campos, que efectúan a caballo y con sus banderas, los Hermanos, integrantes de la Cofradía, suelen entonar canciones y salves.

La Hermandad de los Toreros se restableció en 1916 y se escogió el mes de agosto en vez del mes de enero para la colecta de los toros; fue puesto al frente de ella Luis Germán, hasta 1925, siendo sustituido por Margarito Jiménez, a quien reemplazó Checho Castillo. El dinero, que produce la venta de los toros, es para el sostenimiento de la diócesis de Nuestra Señora de La Altagracia y el Seminario Conciliar Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo. Los encargados en el año 2005 fueron Francisco Cedano y Juanico Guerrero, comisarios mayores; y los comisarios de las Estaciones, Ramón de La Cruz, de Bayaguana; Pedro Peña, de La Sierra; Amado Laureano, de Las Guajabas; Julio Medina, de Santa Lucía.

La hermandad de los toros de la Virgen nos confirma cuan compleja es la religiosidad popular[15]; que se debe a una cultura y a una tradición. Nos encontramos frente a una manifestación religiosa, social, con un auténtico contenido de Fe; a través de esa FE, María Virgen, se alcanza la posibilidad de experimentar lo sagrado. Con todo y el significado religioso africano, y de las influencias recibidas, nuestras creencias nunca han descendido a niveles aberrantes, como la magia blanca y la superstición, porque ello no se corresponde con nuestra antropología cristiana ni con nuestra teología. Ya sean tradiciones, o costumbres sociales, la Iglesia necesitó tomar participación en la religiosidad popular, porque estas contienen un profundo contenido humano y lo humano es evangélico. Como en las manifestaciones, de la religiosidad popular, existen valores cristianos, entonces, se conformó el Catolicismo Popular. La iglesia es, esencialmente, humana.


[1] En la Isla el ejército español estaba formado por “criollos” que fueron quienes enfrentaron al ejército francés y salieron victoriosos. Los datos sobre dicha batalla se detallan en otra parte de esta obra. A partir de ese momento en la parte Este de la Isla se formó una conciencia criolla subordinada a la fe religiosa, pues los criollos se encomendaron a la Virgen de La Altagracia. También desde ese momento para diferenciar las dos partes de la Isla se destacó el ser español, católico y blanco; frente al francés, el vudú y los negros de lado occidental. El negro pasó a ser en extremo algo negativo como expresan palabras y refranes. Un siglo después las continuas invasiones propiciaron una conciencia llegando a identificar a todos los negros con los haitianos. Seis años más tarde, por el Tratado de Riswick en 1697, España, sin rubor ni preocupación, le cedió de derecho a Francia, lo que de hecho había reconocido en el Tratado de Nimega; o sea, la posesión del Oeste de la isla. La decadencia progresiva de la colonia española a partir de las devastaciones mostraba el poco interés de la metrópoli por ella, contrastando con la atención que le prestaba Francia a la suya.

[2] Al almirante don Ignacio Pérez Caro, gobernador y capitán general de Santo Domingo, se le autorizó a venir a la isla el 8 de febrero del 1690 junto con su mujer doña Luisa Guerrero y con sus hijos D. Juan y D. Fernando Pérez Caro.

[3] Rodriguez Botello, Manuel Atilio: op. cit., p. 26-27).

[4] Sanchez Valverde, Antonio: Idea del valor de la isla Española. Santo Domingo: Ediciones de la Fundación Corripio, 1988, p. 188-191). Una cita de Charlevoix por Sánchez Valverde acerca de la batalla confirma los nombres de

[5] Mrs. de Cussy y de Franquesnay como los de los comandantes de las tropas francesas (cf. ibídem, p. 192).

[6] Por el Tratado de Riswick en 1697, España, sin rubor ni preocupación, le cedió de derecho a Francia, lo que de hecho había reconocido en el Tratado de Nimega; o sea, la posesión del Oeste de la isla. La decadencia progresiva de la colonia española a partir de las devastaciones mostraba el poco interés de la metrópoli por ella, contrastando con la atención que le prestaba Francia a la suya.

[7] 15 de agosto. Asunción de la Santísima Virgen María. El Papa Pío XII declara el día 1ro. de noviembre de 1950 este dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Era una verdad católica admitida por todos los cristianos y propagada por el arte y la literatura desde los primeros siglos del Cristianismo, así como por el Magisterio de la Iglesia y era celebrado en las liturgias cristianas de todo el mundo. Pero no era dogma hasta esta fecha. El Papa en su Encíclica demuestra con riqueza de argumentos teológicos y bíblicos y con una gran abundancia de textos patrísticos y literarios, la veracidad de ésta, hasta entonces pía creencia. Desde hacía muchos siglos todos creían como verdad de fe los dogmas de la Maternidad Divina y de la Virginidad de María. El dogma sobre la Inmaculada Concepción no fue definido hasta el 8 de diciembre de l844, por el Papa Pío IX con la Bula “INEFFABILIS DEUS”. Las palabras más importantes de la Bula de Pío XII, después de traer toda clase de argumentos sacados de la Teología, Sagrada Escritura, los Santos Padres, la Tradición, las Liturgias, etc… eran éstas: “pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de Revelación Divina, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. (AAS 42 (1950) 770). El Papa no menciona si la Virgen murió o no, o cómo fue esta muerte. Eso no entra en las verdades de fe. Lo que interesa es demostrar y creer que la Virgen María, acabado su tiempo de vivir en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a los cielos sin haberse corrompido aquel cuerpo que era la misma carne de Jesús, “de la cual nació Jesús”, y en cuyo seno quiso habitar durante nueve meses. No es este el lugar ni hay espacio para ello, el probar con argumentos bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento de Tradición, tomado de los Santos Padres a través de toda la historia y de la Liturgia en todos los ritos, que siempre celebraron esta creencia. Termina el Papa con el argumento de común asentimiento, es decir, la creencia de todos los cristianos y los millares de peticiones que llegaron a Roma para que este dogma fuera definido. Este dogma nos estimula a pensar en las cosas de arriba, usando las de abajo, en tanto cuanto nos sirvan para alcanzar aquéllas.

[8] Juana de Asbaje (el nombre de Sor Juana antes de hacerse monja), nació pobre e ilegítima en un pueblo pequeño no muy lejos de la ciudad de Méjico, llamado San Miguel de Nepantla el 12 de noviembre de 1651 (1649, según algunos autores) como hija natural de la criolla Isabel Ramírez de Asbaje. Niña todavía, fue enviada a esa ciudad a vivir con parientes de su madre. En Méjico, capital del virreinato de Nueva España, su belleza física y sus dotes intelectuales le ganaron un puesto en el palacio del Virrey, como dama de honor de la Virreina en 1664. Pasó su adolescencia en el palacio, rodeada de lujos y de cultura. Pero por razones no explicadas decidió hacerse monja jerónima. Profesó en el Convento de San Jerónimo, donde pasó el resto de su vida. A pesar de vivir enclaustrada, Sor Juana llevó una vida bastante privilegiada en el convento. Adquirió una biblioteca de unos 4, 000 volúmenes, la biblioteca privada más grande de toda América en ese momento. Mantuvo una correspondencia activa con otros escritores e intelectuales del mundo hispano. Produjo poemas, obras de teatro, y otros escritos en gran cantidad, una producción literaria que le ganó lectores y admiradores por ambos lados del Atlántico. Sor Juana Inés de La Cruz es la figura literaria más importante de toda la época colonial, y uno de los más importantes del barroco hispánico. Es la única figura americana, y la única mujer, que se incluye en el panteón de los grandes escritores del siglo de Oro español. Durante su vida, fue reconocida como una poeta de primer orden no sólo por sus compatriotas mexicanos, sino por lectores en todas partes del vasto imperio español. Igual que en su época, Sor Juana es admirada hoy en día por la variedad y calidad literaria de sus versos, por su erudición, y por la sensibilidad feminista que caracteriza muchos de sus escritos. Durante toda su carrera eclesiástica, Sor Juana fue perseguida por algunas autoridades conservadoras de la iglesia católica, para las cuales las actividades literarias de la monja la ponían en contacto excesivo con el “mundo”. Bajo circunstancias no del todo explicadas, Sor Juana fue forzada a renunciar su vida intelectual en los últimos años de su vida; dejó de escribir, los libros de su biblioteca fueron vendidos, y la monja mantuvo el silencio hasta su muerte. Su vida, que acabó a causa de una epidemia en 1695, fue una búsqueda apasionada e incesante del conocimiento, su «negra inclinación» desde que tiene memoria de sí misma: «podía conmigo más el deseo de saber que el de comer», como explica en su Carta Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, intenso ensayo autobiográfico y declarativo de principios intelectuales, y que fue el principio de su fin en una sociedad inquisitorial y patriarcal que no podía admitir la genial libertad de espíritu, sobre todo en una mujer. Espíritu lúcido y crítico, su formación fue febril y autodidacta, enciclopédica y reflexiva: todo lo aprendió en los textos sola, sin maestros ni condiscípulos e, incluso, durante una temporada en la que se le prohibió la lectura, no se pudo conseguir con ello que no estudiara, pues lo hacía «en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal». Su obra literaria es, principalmente, poética, aunque cultivó con maestría también el teatro de corte, claramente, calderoniano, como el espléndido auto sacramental El Divino Narciso.

[9] Primer poeta puertorriqueño de nombre conocido: Don Francisco de Ayerra y Santa María (1630- 1708).

[10] Sigüenza y Góngora, 1645-1700, historiador español, es autor de una obra literaria sobre esa batalla que tituló “Las Relaciones” de donde se ha de colegir la importancia que revistió para la Corona Española que los criollos ganaran en esa epopeya.

[11] La batalla de la Sabana Real de La Limonade tuvo lugar el 21 de enero de 1691 en un punto situado en el actual territorio haitiano, en el transcurso de una guerra franco-española, como represalia de una incursión en Santiago de los Caballeros realizada por De Cussy, Gobernador de la parte francesa de la Isla.

[12] Su nombre completo es Mederic Louis ElieMoreau de Saint-Méry. Abogado, administrador y político francés, nació en Fort Royal, en la isla de Martinica, el 28 de enero de 1750. Fue a París a la edad de diecinueve años y se hizo abogado. Regresó a Martinica y en 1780 fue designado miembro del consejo Colonial de Santo Domingo. Volvió a París en 1784 y fue encargado de estudiar la legislación de las colonias francesas. En 1789 era presidente de la asamblea de los electores de París, tomó parte activa en los días tempranos de la revolución y fue señalado como diputado por Martinica a la Asamblea Constitutiva. Visitó la isla de Santo Domingo en 1783 y es autor de la obra “Descripción de la parte española de Santo Domingo” que fue publicada por primera vez en 1796. Más tarde la Editora Montalvo la publicó en Ciudad Trujillo, en 1944.

[13] De Utrera, Fray Cipriano: Dilucidaciones Históricas, tomo I, pág. 192. Citado por VetilioAlfau Durán. Listín Diario, 14 de junio de 1978.

[14] Según Polanco Brito en su obra “Síntesis de la Historia de la Iglesia en Santo Domingo”, Pág. 47: Fray Fernando de Carvajal y Rivera escribió al Consejo de Indias atacando a las autoridades por no hacer nada en la búsqueda de un remedio contra la pobreza de la Isla. Al proponérsele su renuncia escribió: “Crea que me saca de un cautiverio peor que el de Argel; tomaría estar en éste y no aquí”. Se fugó de la Isla y fue a Francia, desde donde pasó a España.

[15] Ibídem.

[16] Los misioneros desarrollaron una amplia y decidida evangelización que ha quedado expresada en el “catolicismo popular” centrado en Cristo Crucificado, la Virgen y los Santos, la intercesión por las Ánimas del Purgatorio y en los Sacramentos y ejercicios piadosos. La religiosidad popular identifica toda una producción artística que ha permanecido vigente durante toda la historia del arte, inspirada en la temática religiosa, producción realizada, espontáneamente, sin estar sujeta a normativas académicas que la condicionen.

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