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A las puertas del 2019: La trampa trampolín de los falsos mesías de La Altagracia

Por Ángel Morla

Nuestra provincia es envuelta por tradiciones, jolgorios y bulla popular, sustentados los tres por el pavoneo y la estridencia de ciudadanos que manifiestan poder pisotear sin consecuencias el orden público que en todo momento debiera primar. Y no es un mal mayor, pues las falencias de la ausencia de comedimiento pueden solventarse con dosis de educación, cumplimiento efectivo de las normas jurídicas, etc. Se podría procurar enmiendas a conductas de antaño conocidas.

En ocasiones, el fomento a la poca prudencia viene acompañado de colaboraciones rubricadas con sello de la oficialidad y broche de oro para la euforia del corto plazo y la mala memoria. Se imponen las dádivas y los recursos a las emociones para alivianar un dolor que se prolonga, siempre, por 365 días. Para esto, basta con erigir el trascendental lema de “Feliz navidad y próspero año nuevo… Son los más sinceros deseos del/la señor/a X… siempre contigo/ apoyándote en todo momento”. Esto, más un largo anaquel de sentimientos insustanciales. La más de las veces vienen estas palabras de algún político; en las otras, de algún individuo conocido, sin mayor trascendencia que la omnipresencia mediátic; habilidad para recibir los centellazos de alguna cámara fotográfica.

Pero las tradiciones no pueden jugar a borrar la memoria de una vuelta al sol. Más cuando el recorrido por el sistema solar ha sido escambroso, turbulento y desesperanzador, pretender un renacer falso es una acción reprochable, porque aletarga las metas de la ciudadanía y la hace caer en la inercia. Nada peor para la superación de los retos comunes e individuales. Por tales motivos, las tradiciones deben fomentar espacios para repensar las intenciones y enderezar el mal camino que se ha tomado. Asimismo, debe imponerse la voluntad colectiva para desenmascarar engaños populistas y evitar retrasos en la ruta hacia el desarrollo colectivo.

Todos sabemos que el mes que ya se nos adelanta traerá consigo la salida de numerosos sujetos sin horizonte que buscan pescar en el revoltoso río de la tradición navideña dominicana. El motivo principal, me parece, lo constituyen las aún lejanas elecciones del año 2020, donde todo mundo aspira. Es así que vendrán, de aquí hasta que termine el asueto prolongado que se auto proclaman los dominicanos, personas para ofrecer y prodigar ofrecimientos.

En definitiva, lo que en realidad preocupa es cuando esa estampida de aspirantes emerge del propio tren administrativo, del funcionariado, que no obstante sus ocupaciones y obligaciones actuales, en ocasión del cargo, presentan nuevas y estériles promesas, repetidas infinitas veces a un auditorio hastiado. Ya no soportamos, ni aquí ni en el resto del país, que diputados, alcaldes, senadores, y demás allanten una población tomando como insumo el ingrediente cultural.

Aspiremos a disfrutar de la auténtica libertad, ante un medio ambiente que parece condicionarnos a la toma de las más insignificantes decisiones. El fin de la década implica dejar de ser trampolín de los acróbatas que se balancean en el aire a costa del impulso muchas veces consciente de los quienes promueven gente sin escrúpulos hacia las alturas. Necesitamos lanzarlos bien arriba, para luego despejar el suelo y ver cómo se golpean los que han deseado tener un sustento popular eterno.

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