Parecer

Abcdario Libre – El circo de los prólogos

Por Andrés De Oleo

    Prologar, en la literatura dominicana, parece ser un hábito ineludible, una formalidad sin la cual un libro no puede ir a la fiesta de las librerías, un requisito indispensable para que un libro tenga el derecho de llamarse libro o de ser leído.

       Este arte de prologar se ha pulido y se le ha mimado tanto que se han logrado maneras muy características y un tanto originales para realizarlo, puesto que el sentido de lo que es un prólogo en sí, se ha ido derogando de tal manera que el eje central de estos no es la obra prologada, sino la persona que ha elaborado (no siempre me parece adecuado decir «escrito», aquí no todo el mundo hace eso) un libro, hablándose siempre de ésta (sin importar quien sea ni ninguna condición literaria) como si se presentara al mesías de la literatura dominicana que nos ofrece su evangelio.

       Y es que, si realmente contáramos con los escritores de los que hablan los prólogos de las obras dominicanas de los últimos años, la academia sueca no cometiera los exabruptos que recientemente la ridiculizan respecto al Nobel de literatura, tuviéramos mínimo 1 Cervantes y 2 Príncipes de Asturias.

       Sin embargo, conocemos la realidad, sabemos que cuando quiera tenerse un ejemplo de adulación o adulador, solo hay que leer alguno de los prólogos que los escritores de esta media isla se escriben entre ellos y posiblemente quedaremos muy satisfechos con las ilustraciones del concepto «adulación» o «adulador» que encontraremos en esas exageradas páginas.

       Para la Real Academia Española (2017) un prólogo es un “Texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura” o “Aquello que sirve como de exordio o principio para ejecutar una cosa” o también “Primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central” y además “Discurso que, en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático”.

       Véase que se trata de definiciones muy claras y precisas con las que no debería confundirse nadie que, como mínimo, al menos, se crea escritor; sin embargo, al comparar estas definiciones con la práctica de dialogar en nuestro país, se encuentran unas diferencias que saltan a la vista, a pesar de que se aprecian escuálidos intentos por matizar de un carácter objetivo lo que se escribe en uno de estos prólogos.

       Tal diferencia se desnuda por sí misma cuando observamos en la mayoría de los prólogos recientes que el protagonismo se lo lleva (injustamente) el ¿escritor?, y no la obra. Digo injustamente porque, a pesar de haber sido la persona la que ha producido la obra, por definición, no debe ser ésta el foco o el centro del prólogo, sino la obra misma, y la injusticia se lleva más allá cuando en el prólogo pareciera que nos hablaran de Conan Doyle, Antón Chejov, Virginia Woolf o Charles Baudelaire, y suele resultar que no se habla ni de Condorito.

NOTA: dejo a su imaginación el nombre con el que quiera sustituir el de Condorito, que bien sabemos no era escritor.

       A veces no puedo evitar dudar del hábito de lectura de nuestros llamados escritores, pues me parece que no se dan cuenta de que este modo de prologar es alcaico, que casi no se utiliza, que los libros hoy por hoy se prologan (los que lo hacen) de otra manera, muy avanzada a la que se tienen sometidos ellos mismos, que parecen entender que prologar es enarbolar fehacientemente la figura de un amigo o de alguien con un bolsillo entusiasta que ha puesto unas cuentas palabras en una hoja.

       Personalmente no creo en los prólogos (claro, con sus excepciones, y, lastimosamente, aun no me he topado con ninguna en el país) y por lo general ya no los leo, los evito como si fueran el cólera, pero, si he de creer en alguno (de nuestra patria), será quizás en aquel en donde es el mismo escritor sea quien habla de lo que me brinda para leer.

       Según José Miguel Oviedo (El poeta según sus prólogos, 1985, p. 209), casi todos los libros de Borges estaban prologados por él mismo, y agrega que “estos prólogos cumplían funciones más importantes que las habitualmente atribuidas a esos textos”, lo que revela la actitud del argentino por desprenderse de esas típicas formas de prologar que posiblemente le resultaban inane; de hecho, más adelante, Oviedo (p. 212) expresa que “en realidad, el lector descubre que en los prólogos a su obra lírica, Borges, reacio siempre a dar definiciones estéticas y a formular credos literarios, ha ido diseñando, sutilmente y con un tono casual, una poética y una ética del acto creador. Esa poética comienza con la crítica del poeta que fue”.

       Me gusta la última oración “esa poética comienza con la crítica del poeta que fue”, pues en ella, en conjunto con el hecho de que es el mismo Borges el que se critica a sí mismo y todo lo demás citado, se resume parte de lo que he querido decir acerca de cómo debería ser un prólogo cuando éste exista.

       Pero no nos hagamos los ingenuos, en el fondo sabemos para qué y porque se hacen esas adulaciones a las cuales la palabra prólogo sirve de eufemismo; somos conscientes de los intereses a los cuales sirve esa práctica dinosaurica que se une al juego de vicios que laceran nuestra literatura, y un país en donde a muchos “escritores” las palabras no les dan, ni la conciencia de los “lectores” es suficiente, se hacen irresistibles para éstos esa clase de sellos de aceptación que son los prólogos redactados normalmente por personas de renombre literario.

       El prologar de nuestra media isla es un circo al que debe resistirse todo escritor novel (o no) que pretenda involucrarse en un quehacer literario distinto, universal, nuevo y con enfoques que estén más lejos que el horizonte que nos rodea.

       Hasta el próximo martes del próximo martes.

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