Parecer

Abcdario Libre – El no compromiso del escritor

Andrés De Oleo

Largo y tendido es lo que se ha hablado, discutido, debatido y balbuceado acerca del compromiso del escritor, por lo que este artículo viene a ser como una partícula de tierra perdida en esa polvareda infinita. Aun así, quiero dar mi parecer.

Pocos son los que, al escuchar o leer el concepto compromiso del escritor, no piensen inmediatamente en un deber que tiene esta clase de artista con la sociedad y el tiempo en el que vive, figurándolo como un ser que debe poner su pluma al servicio de las causas sociales, políticas y culturales que se pasean por su época.

Bien. Manifestaré desde ya la premisa de este artículo: el escritor no tiene ningún comprimo u obligación de índole social, no le debe nada a su tiempo y está exento de cualquier exigencia ajena a la ética literaria.

Se ha confundido el ser producto consciente y reflexivo de un propio momento histórico determinado, sobre el cual se han manifestado numerosos escritores a través de su arte, con un compromiso vital y universal para todo este conjunto de creadores. Esta espesa confusión camina junto a aquella otra que tiende a definir ese mal concepto del compromiso del escritor, el axioma de que el arte debe ser revolucionario; sin embargo, ciertamente, esta revolución no es exclusiva de los matices sociales, sino también que trata (entre otras cosas) sobre la revolución del arte por el arte mismo.

Son varios los escritores que podría mencionar convencidos de que, la sociedad y lo denunciable en ella, es el compromiso del escritor (entre ellos, los realistas, los naturalistas y hasta algunos románticos). Pero quedemos en este artículo con Camus y su discurso al recibir el premio Nobel de literatura en 1957, en el que dijo, entre otras cosas, que el escritor “por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte”.

Eso es el núcleo de aquel discurso pronunciado por el escritor francés: los compromisos de su generación con aquella época de postguerra. En ese momento, para Camus, la ocupación por parte del escritor de estas situaciones sociales y humanas, era lo que definía “la nobleza del oficio de escribir”.

Sería difícil encontrar un escritor que difiera de este pensamiento, casi todos aceptan que el mundo y sus circunstancias son el fuego de la antorcha que porta el escritor. Sin embargo, no es lo que me parece: veo a las sociedades y sus épocas como poderosos recursos de los que se sirve el escritor constantemente, y al ser (y siempre serán) tan abrumadoramente explotados, se ha llegado al convencimiento de que son ellos el objeto de razón para que un escritor le dé forma a su arte.

Esa postura no es más que una fingida humildad (y, por lo tanto, un acto de elevada arrogancia), pues, en el fondo, el escritor no habla más que de sí mismo, de todo lo que por él se filtra y surge a partir de la destilación que éste hace de cuanto le rodea y va a caer en su conciencia. No importa cuanta carga social o política tenga lo que se produce, lo que se escriba siempre será el escritor desvelándose a partir de sus concepciones, sosteniéndose de sus conocimientos.

Buscar dictarle «el compromiso» a un artista de la palabra no es más que condicionarle (sea consciente o no) las ideas, colocarle marcos que quizás él sólo no hubiese concebido para su obra. Ahí empieza a mancharse la esencia de un creador si éste no repara a tiempo en que se ha cercado su libertad creadora.

Pero no se me malinterprete, ciertamente el escritor tiende a ser un individuo al que no solo le conmueve, sino también que le interesa y sufre, el dolor de sus semejantes y las injusticias de los sistemas, sufrimiento que termina desahogándolo de alguna manera en sus páginas, lugar donde encuentra la plenitud para gritar lo que se calla. Sin embargo, esa manifestación humana no significa un compromiso intrínseco del oficio, sino más bien asumido, según las comprensiones que tenga el artista de su mundo. Los escritores comprometidos con las causas de sus tiempos y sus espacios, no lo eran porque ese fuese el compromiso per se de un escritor (aunque ellos mismos así lo creyeran), lo fueron porque ese era su compromiso personal, el que ellos asumieron, el que hacía a sus dedos trabajar sobre las hojas y el teclado.

Veamos lo planteado en este artículo desde la siguiente pregunta: ¿todos los escritores empezaron a escribir pensando en su sociedad? Piensa en ello y dale una respuesta.

En fin, a mi manera de verlo, el compromiso de un escritor es consigo mismo y con la ética literaria, donde el primero dependerá de sus ideales y conducta (o su interpretación de las cosas), y el segundo del tipo de literatura que pretenda hacer y sus propósitos con ella. Que ambos se ven regularmente influenciados por los contextos sociopolíticos y culturales en los que se encuentre inmerso el escritor, no debe negarse jamás, pero no son esos la materia componente de las responsabilidades que asume cada escritor comprometido con su oficio.

Hasta un próximo martes.

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