Parecer

Así habló Zaratustra (II)

Por Edwin Peña

“— ¿Dónde está Dios?—, exclamó, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho?” [1].

Nietzsche ha recibido muchas críticas a lo largo de los años, y todo por la aparente contradicción de sus ideas y pensamientos, por la falta de un único punto de vista en los temas que trataba. Nietzsche pretendía, con esto, utilizar múltiples puntos de vista para retar a sus lectores a considerar las distintas facetas con la que podía tratar un mismo tema. Aunque para él no eran válidas todos estos puntos de vistas, pues su verdadero posicionamiento con respecto a un tema sería algo que sus lectores debían descubrir; es por ello que existen tantos puntos de vista con respecto a uno solo de sus pensamientos como lectores que lo leen.

Existen por lo menos cuatro versiones sobre la muerte de Dios, versiones que nos ayudaran a identificar al culpable del hecho más trascendental de la historia de la humanidad. La muerte de Dios, dice Nietzsche, es el acontecimiento más terrible de la historia humana; es el gran desengaño, el fundamento sobre el cual se ha estado construyendo toda la cultura de los últimos 2000 años y ahora está sangrando bajo nuestros pies. En consecuencia, todo el edificio de la moral y el saber se derrumba frente a nosotros y el eco, el estruendo de esta noticia no ha alcanzado al entendimiento humano, que observa cómo se va desmoronando lo que había sido nuestro punto de referencia e ignora la catástrofe.

A lo largo de la historia, Dios había sido el punto de referencia del individuo occidental; al descubrir la muerte de Dios, el ser humano ha quedado desorientado: su vida ha perdido el sentido e importancia. A continuación vamos a revisar las cuatro versiones sobre la muerte de Dios e identificar al culpable en cada una de estas versiones.

Primera versión

Nietzsche deja ver en algunas de sus obras que la muerte de Dios se debe, al menos en parte, al progreso científico; en ese sentido, para el hombre del siglo 19 ya no es posible creer honesta y razonablemente en Dios. Por tanto, en esta primera versión, el asesino de Dios es la ciencia.

Segunda versión

En esta segunda versión sobre la muerte de Dios no existe ningún asesino; Dios muere de causas naturales, muere de viejo y por culpa de su compasión. Para Nietzsche, la compasión es uno de los peores sentimientos que puedas tener, ya que no solo te envenena el corazón a ti, sino también a la persona de la que te compadeces, porque al compadecerte de esa persona estas hiriendo su orgullo. Compadecerte de alguien, dice Nietzsche, equivale a despreciarlo, a considerarlo una persona débil que no puede valerse por sí mismo. El profeta Zaratustra nos advierte de que debemos huir a toda consta de la compasión, ya que fue esto lo que provocó la muerte de Dios.

“El diablo me dijo una vez: También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres. Y hace poco le oí decir: Dios ha muerto, su compasión por los hombres lo ha matado” [2].

“¿Sabes cómo murió? ¿Es cierto lo que dicen, que fue la piedad quien lo estranguló, que vio como al hombre en la cruz, y no soportó que el amor al hombre fuese su infierno y finalmente su muerte?” [3].

“Cuando era joven, este Dios de oriente era duro y vengativo, y creó un infierno para ocio de sus favoritos. Pero al final envejeció, se hizo débil, blando y compasivo, más como un abuelo que un padre, similar sobre todo a una añeja abuela indecisa” [4].

Al final de este capítulo Zaratustra es puesto a prueba, es probado por su compasión hacia los hombres superiores, pero al final vence, es decir, que este profeta sobrevive a la enfermedad que había matado a Dios en su vejez.

Tercera versión

En esta versión nos encontramos con un aparente culpable, aquí, Zaratustra continúa vagando por una montaña, hasta que se encuentra con “el asesino de Dios”, el más feo de los hombres.

“Entonces, al abrir los ojos, vio algo que se hallaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de hombre, pero que apenas lo parecía algo inexpresable. Y de pronto Zaratustra se avergonzó por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta la raíz de sus blancos cabellos cano apartó la vista y levantó el pie para abandonar aquel triste lugar. En ese instante aquel desierto produjo un ruido: del suelo, en efecto, salía un gorgoteo y un resuello como los que hace el agua por la noche en tuberías atrancadas; y por fin surgió de allí una voz humana y unas palabras de hombre: — que decían así:

«¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del testigo? Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡Aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa aquí las piernas! ¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, ¡El enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!» —Más cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, —¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido durante largo tiempo a muchos leñadores, —de manera pesada, súbita, causando espanto incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su rostro se endureció «Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡Tú eres el asesino de Dios! Déjame irme. No soportabas a Aquel que te veía, — que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!»” [5].

La razón por la cual el más feo de los hombres decide matar a Dios se debe a la discreción de Dios, pues este no soportaba que la mirada de Dios estuviera por todas partes, le molestaba que Dios lo supiera todo de él. La mirada de Dios en este caso, y según el más feo de los hombres, era de compasión, pues Dios veía a los hombres como seres despreciables y débiles de los cuales se compadecía. De modo que este horrible hombre llega a la conclusión de que para el bien de toda la humanidad era necesario deshacerse de la mirada compasiva de Dios y su dedo acusador.

Cuarta versión

Aunque el más feo de los hombres haya admitido la muerte de Dios, hay quienes opinan que este era una representación de la sociedad humana: aquella que ya no necesita de Dios para seguir viviendo. Por eso es que en esta cuarta y última versión sobre la muerte de Dios buscaremos un culpable en la colectividad.

“¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros! ¿Cómo vamos a consolamos los asesinos de los asesinos? Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos, y ¿Quién nos quitará esta sangre de las manos? ¿Qué agua podrá purificamos? ¿Qué solemnes expiaciones, qué juegos sagrados habremos de inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la magnitud de este hecho? ¿No tendríamos que convertimos en dioses para resultar dignos de semejante acción?” [6].

Dios ha muerto y todos nosotros lo hemos matado, todos, absolutamente. La muerte de Dios no responde a un acto natural, sino más bien a la voluntad de los hombres; son estos los que de una vez por todas deciden asesinar a Dios, porque piensan que ya no le necesitan para vivir. Esta nueva filosofía comienza con la muerte de Dios a manos del ser humano, aunque este no sea consciente de ello.

Después de que la humanidad toma conciencia plena de la muerte de dios y se reafirma en ella, entonces viene el “superhombre”, siendo aquí cuando el hombre descubre el poder de la voluntad como valor máximo. La nueva filosofía propuesta por Nietzsche conduce a una nueva antropología, una nueva forma de entender al ser humano. Tras la muerte de Dios, sería el “superhombre” quien suplantaría el vacío dejado por la divinidad, siendo el responsable entonces de reafirmar nuevos valores que conduzcan el eje de sus vidas.


[1] La Gaya Ciencia, librear.com, El loco, aforismo 125, pag 81.

[2] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, De los misericordiosos, pag 89.

[3] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, El jubilado, págs. 248 y 249.

[4] Ibídem

[5] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, El más feo de los hombres, pag 252.

[6] La Gaya Ciencia, librear.com, El loco, aforismo 125, pag 81.

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