Parecer

Así habló Zaratustra (IV)

Por Edwin Peña

Las tres transformaciones del espíritu

“Os hablaré de las tres transformaciones del espíritu: de cómo este se convierte en camello, el camello se convierte en león, y finalmente el león se convierte en niño” [1].

Estamos ante, quizás, el discurso más importante y famoso de todo el libro, Las tres transformaciones del espíritu. En este punto del libro Zaratustra se da cuenta de que su mensaje no es para todo el mundo, por tanto decide darlo solo aquellos que sí quieren escuchar lo que él tiene que decir. Es por eso que sus seguidores no son más que un puñado de personas, que a partir de entonces serán considerados como sus discípulos.

Este discurso está ambientado en el pueblo conocido como “La vaca multicolor”, nombre bastante extraño para un pueblo; pero, en sí mismo, refleja lo que caracteriza a ese pueblo, pues las vacas son animales de granja, es decir, animales domésticos y dóciles que viven en rebaño. Como las personas que viven en los pueblo. Aun así, el pueblo es multicolor, es decir, que está compuesto por muchas personas y existe en ellos diversidad de ideas, de modo que no todos tienen el mismo pensar sobre las cosas. Por lo tanto, Zaratustra es consciente de que no todos escucharán su mensaje; como quiera se siente satisfecho por aquellos que sí desean escucharlo.

Zaratustra inicia su mensaje hablando sobre las transformaciones a las que se ve sometido el espíritu y el proceso por el que debe pasar el último hombre para llegar la superación moral de sí mismo, que es el Superhombre; primero el espíritu se convierte en camello, a quien Nietzsche se refiere para representar la grandeza del deber moral ante la cual el ser humano no tiene otro remedio que postrarse. El camello lleva sobre sí una enorme carga, es noble y heroico: un espíritu que acepta una carga pesada sin la comodidad o alguna certeza de que las cosas podrían mejorar. El camello es la antítesis del rebaño del último hombre, que huye precisamente de todo lo que le sea difícil o implique sacrificio.

El ser humano supersticioso, idealista y conformista tiene cierta similitud con el camello: no desea facilidades para su vida y rechaza todo tipo de ligereza; cumple, además, con las obligaciones pesadas y rigurosas que le impone dios o cualquier otra persona en una posición ventajosa. Es la resignación lo que caracteriza su vida, a la cual vive postrado, arrodillado como si la necesidad fuese una virtud, pues el camello es el más preparado para atravesar el desierto; su travesía por la vida está llena de pruebas y dificultades. No todo está mal para el camello, en algún punto de su travesía por el desierto se encuentra consigo mismo, es decir, piensa acerca de su condición y se da cuenta que debe ser superado, de modo que él se convierte en león.

Dice Zaratustra: “Hermanos míos, ¿Para qué es necesario el león en el espíritu? ¿Es que no basta la bestia resignada [el camello], respetuosa y que renuncia a todo? Ni siquiera el león puede crear valores nuevos. Pero el poder del león sí es capaz de crearse libertad para creaciones nuevas” [2]. Una vez el camello ha superado su condición y se convierte en león tiene poder sobre sí mismo; y se ha liberado de todo lo que hasta ese momento le oprimía y angustiaba; es por eso que siendo camello decide convertirse en león, atacando a la moral objetiva, rebelándose contra la vida que se le había impuesto, diciéndole no al camello, mostrándose tal cuál es como un acto de rebeldía contra su vida anterior. Comienza a actuar según su propia voluntad, pero al mismo tiempo no cuenta con la fuerza suficiente para crear nuevos valores que sustituyan esos que ya considera obsoletos y a los cuales se ha opuesto y combatido. El león reconoce que no puede hacerlo, de modo que ahora se ve obligado a cambiar y superarse a sí mismo, convirtiéndose en niño.

El niño, dice Zaratustra: “es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve sola, un primer movimiento, un santo decir sí. Para el juego del crear se necesita un santo decir sí. El espíritu ahora anhela su voluntad, quien se retiró del mundo conquista ahora su mundo” [3]. A diferencia del camello y el león, solo el niño tiene la capacidad creadora para hacer una vida, para crear nuevos valores y superarlo todo (así como cuando le das una pela a un niño y al rato sigue como si nada —olvidó que le diste una pela— del mismo modo el niño se olvida de su vida pasada, se olvida que Dios ha muerto, que fue camello, que fue león, eso porque el niño es la superación de todos esos que le precedieron, el niño es el superhombre).

El niño solo juega y juega, no tiene ningún inconveniente para experimentar nuevas situaciones. En la voluntad negativa del león, su decir no, y la voluntad positiva del niño, su decir sí, tenemos una prefiguración de la voluntad de poder que se va a desarrollar en discursos posteriores de Zaratustra y que estaremos viendo en un análisis futuro. Con “la rueda que se mueve sola” tenemos la imagen, sin duda, del eterno retorno, la enseñanza más excelsa y difícil de todo el libro, que también vamos a tratar con más detalle en otro análisis.


[1] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, las tres transformaciones del espíritu, pag. 27.

[2] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, las tres transformaciones del espíritu, pag. 28.

[3] Así habló Zaratustra, Mestas Ediciones, S.L. 2017, las tres transformaciones del espíritu, pag. 29.

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