Parecer

El justo linchamiento de Stefanie Acosta

Por Valentín Medrano Peña

Las noticias al respecto recorren medios informativos y redes sociales. Un “delincuente” fue capturado infraganti por una multitud que hizo “justicia” a sus víctimas matando al infractor. Es lo que se conoce como linchamiento.

Esta escena se repitió en diferentes litorales nacionales y en otras naciones, haciéndose conocidas por medio del internet y de uno que otro periodismo morboso.

Miles han sido ajusticiados, es decir, han sido víctimas de un homicidio justificado, a decir de la generalidad de la población, que no sólo tolera sino que aplaude y apoya esas acciones de procura de justicia al margen de los tribunales. No hay necesidad de juicio, de que se invoque el debido proceso de ley o la presunción de inocencia ante la clara demostración de la existencia del hecho y la captura del comisor.

Otros sin embargo, los comprometidos con el estado de derechos, elevan su voz contra esa acelerada y económica forma  de hacer una “verdadera justicia” a la que todos claman.

Vivimos en ese caldo de cultivo. Y por fin se dio el acontecimiento que debe a todos hacer reflexionar sobre la importancia del sistema de justicia, y de tomarse el tiempo para por medio de un proceso determinar responsabilidad y sanciones.

Una joven drogadicta, pero afable, que ama a los niños, y procura protegerlos entendiendo su vulnerabilidad, asumió que un niño con claras afectaciones locomotoras e impedimentos físicos sufría, y que estaba sólo. Quiso ayudarlo, quiso estrecharlo, quiso ampararlo, buscó protegerlo, y lo tomó de la mano y le encaminó al lugar de expendio de alimentos más próximo para darle de comer. En su mundo el hambre siempre está presente.

La acción fue malinterpretada y se entendió que ésta intentaba robar al niño, quizá con el mal sano y tristemente célebre propósito de vender sus órganos. Y así lo entendió la gente buena, que solidaria ante los quejosos e implacable frente a la delincuente, procuró linchar a la mujer. La gente buena intentó matar a Stefanie Acosta, la infeliz narcodependiente que ama a los niños.

Unos pocos pudieron detener las enardecidas turbas, y capturada y golpeada y asustada como nunca antes, arrestaron a Stefanie, sin ella saber el porqué. Y las autoridades y los medios titularon  este hecho como “el intento frustrado de rapto de un niño desvalido en Boca Chica”, mi tierra.

Stefanie salvó su vida milagrosamente. Previo a ello, el niño fue cortado de recibir quizá la mayor manifestación de cariño jamás por él percibida.

Y al quedar todo aclarado, la sociedad quedó con una razón más para cavilar, para lamentar, para rectificar, para enmendar y entender que no todo lo que parece es, y que el único cuerpo capaz de determinar hechos punibles y sancionables es la justicia. Son los jueces, inspirados por Dios y ayudados por el tiempo. Si, el mismo tiempo que no medió en ninguno de los linchamientos efectuados.

La justicia tiene su momento, y en ella la urgencia sólo provoca yerros lamentables.

Stefanie Acosta es la diferencia entre culpable urgida y aletargada presunta inocente. Y es el icono de lo injusto de presumir culpables, de juzgar al margen de los tribunales, en los periódicos, en la televisión, en las redes o en los pasillos o en el grupo de gente buena que lincha para hacer “justicia”. Es el llamado necesario a la antítesis también necesaria para el populismo penal, mismo que mata y condena teniendo al miedo y el chantaje como utensilios.

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