Parecer

El vudú: la religión haitiana (IV)

Por Edwin Peña

PARTE IV

La segunda religión de Haití es el vuduismo. No es mencionada por los funcionarios como un elemento del patrimonio espiritual del país; sus sacerdotes no llevan hábitos regular; no tienen iglesias en las ciudades o pueblos, pero con todo, es la religión viviente de las masas. El catolicismo puede presumir de ser la religión oficial. Puede que los campesinos se sientan identificados con dicha fe, pero es dudoso que haya en cualquier otro país occidental una adhesión tan universal o una religión común, como la que existe en Haití por el vudú.

Decir soberbiamente que el vuduismo es de origen africano equivale a decir que no procede de las grandes religiones del mundo. No hay unidad de creencias en la áfrica tribal actual, y menos todavía lo había en el siglo XVIII, cuando se importaban los esclavos a Haití. Los haitianos no tienen problemas con aceptar otras creencias y vivir con ellas junto a la suyas, del mismo modo que sus ancestros llegados de áfrica, reconocían la validez de las demás creencias.

Teniendo en cuenta, que muchos de estos esclavos procedían de distintas partes de África, con ritos y creencias diferentes, estos no veían el problema en sincretizar las distintas creencias que los separaban. Puede que el idioma, la cultura y las prácticas religiosas les diferenciara, pero todos tenían algo en común, y eso era su condición como esclavos; no debería sorprendernos entonces, teniendo esto en cuenta, que el lema de la república haitiana sea “En la unión esta la fuerza”, como es “Dios, patria y libertad” en la nuestra.

Fue gracias a este sincretismo religioso que se llevó a cabo el proceso de independencia, pues los adeptos al vudú no eran fanáticos, no tenían una jerarquía para rechazar las acreencias, por lo tanto, recibieron espíritus de los negros llegados de Arada, plegarias de los negros prominentes del Congo y varios santos católicos, siendo así el génesis de esta religión popular. Los blancos no prestaron importancia al vuduismo, para ellos, aquellos rituales no eran más que el sonido de tambores y una danza extraña que les recordaba a su vieja patria.

Los blancos veían esto como una especie de diversión nocturna, vinculada a la superstición. Cuán provechoso les resultaría a los negros la ignorancia aparente de su danza, pues en esta danza estaba el esqueleto de una religión de esclavos, que se unían por las noches y lamentaban su condición. Fue en esas reuniones nocturnas celebradas una vez por semana donde comenzó a germinar la idea de una rebelión. Los hougan o sacerdotes vudú fueron los que uniformaron la opinión de los esclavos en sus jurisdicciones hasta 1791 cuando estalló la rebelión. Los historiadores haitianos dirían más tarde que el éxito de la rebelión se debió al factor sorpresa y al sincretismo religioso.

Si bien la danza en la religión vudú fue la práctica principal que permitió la unificación de los rebeldes esclavos, para sus vecinos en el extremo español de la isla (República Dominicana) el sonar de los tambores y la danza vudú, era sinónimo de ritos satánicos. El extremo español de la isla era católico y fanático, de modo que las costumbres de sus vecinos en Haití dio origen a un prejuicio tan grande que daría comienzo a una indivisibilidad política entre ambas naciones. Fueron los intelectuales de la época quienes extendieron este prejuicio a través de sus cantos y escritos.

Las Vírgenes de Galindo, por Félix María del Monte:

Esta histórica Danza,

por el monstruo Cristóbal inventada

un grito es de venganza:

del deleite del crimen pincelada;

pues pinta una mania,

y del dolor convulso la agonía.

Si bien en el vudú existe un personaje importante nacido en lo que hoy es La República Dominicana, llamado Don Pedro, responsable de la incorporación de un tipo de danza en la religión haitiana llamada “el pétro”, lo cierto es que el criollo procedente del extremo español, prefería decir que Don Pedro era un negro que hablaba español nacido en Petit-Goave (Haití). Estos repudiaban el vudú y todo lo que ello representaba, no solo por la procedencia haitiana, sino también por los ritos salvajes, pues los dominicanos estaban influenciados por todas las habladurías productos del prejuicio y sensacionalismo que llegaban de Haití por visitantes extranjeros. Veamos lo que decía el poeta Félix María del Monte en uno de sus cantos de 1875:

¿Quién tiene lazo de unión

con esos diablos sañudos

que beben sangre y desnudos

en pacto con Belzebú

bailan su horrible vudú

y comen muchachos crudos?

En 1862, las danzas vuduistas quedaron terminantemente prohibidas en la República Dominicana; todo esto en razón de los innumerables ataques que recibían por parte de los intelectuales de la época; estas prácticas diabólicas debían ser erradicadas de suelo santo y cristiano como lo era la República Dominicana. Fue la obra del poeta popular Juan Antonio Alix la más violenta y a la vez la más pintoresca diatriba contra el vudú, en su “Dialogo entre un güajiro dominicano y un papaboco haitiano en un fandango en Dajabón” describe el intenso y animado debate entre un dominicano y un haitiano, donde el haitiano habla sobre las grandes figuras de Haití, mientras que el dominicano responde contando las atrocidades que cometieron estos hombres en el extremo español de la isla; al final de cada décima, el haitiano responde su estribillo

Tin tien que baila vudú.

Mientras que el dominicano también responde al final de cada estrofa con otro:

Yo si no bailo judú.

El dominicano cargado de malicia e hirientes comentarios, ya perdiendo la paciencia dice:

En fin para terminai

eta geringa, mucié

alla te ba ese rebé

Pa que lleve que contai

y si te para a peliai

mañé jediondo, dembú,

no sé como te hara tu

pa que saiga bueno y sano;

como soy dominicano

yo si no bailo judú.

Este diálogo es conocido como el más repulsivo ataque contra el haitiano, a quien el mismísimo Félix María del Monte consideró: “Un verdadero monumento literario”. Pero si esto no les parece suficientemente indignante, pues entonces les invito a leer otro de ese mismo autor, llamado: Las bailarinas del judú en la calle Santa Ana.

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