Parecer

El vudú: la religión haitiana (V)

Por Edwin Peña

PARTE V

El vudú, poco a poco y a costa de revelar muchos de sus secretos y lineamientos, se va abriendo paso como una religión más animista, en esencia, aunque semejante en varios aspectos al cristianismo. Si bien sus partidarios creen en la existencia de un solo dios llamado Bondye hay otros seres espirituales encargados de guiar los asuntos de los humanos.

Los Loas (espíritus llamados erróneamente como dioses o divinidades) pueden dividirse en dos grupos principales: los Radas, cuyos orígenes proceden de áfrica y los Pétro, cuyos antecedentes provienen de Haití; este último nombre (Pétro) tomado de un tal Don Pedro, un hombre que llegó del extremo español de la isla e introdujo en esta religión la violenta danza conocida como “El Pétro”. Tras su muerte, aquel hombre tomó un lugar de honor en el panteón haitiano.

A partir de lo anteriormente dicho, con lógica se puede deducir que muchos de estos Loas pétro son en realidad hombres o mujeres del pasado que influyeron positivamente en la cultura haitiana. El escritor haitiano Dorsainvil, en su explicación sobre el termino pétro, explica que: “La gente del pueblo haitiano está creando constantemente nuevos Loas, es decir, santos del vudú”.

Estos poderosos espíritus llegan a ser considerados como distintas manifestaciones de un mismo dios. Estos sirven de intermediarios entre el gran Bondye y los seres humanos. Aunque Bondye es considerado el creador del mundo y todo cuanto existe, él se mantiene neutral en los asuntos de los humanos, su deber como el gran dios único es el de mantener el equilibrio, y para ello no puede tomar partido en caprichos de seres mortales e inferiores. Por eso se mantiene lejos y deja a sus seres espirituales que intervengan o se manifiesten de distintas manera en el mundo mortal, mientras él no forma parte activa de esas cosas. Sin embargo, cuando se enoja o se contenta los humanos pueden percibirlo a través de buenos tiempos o desastres naturales.

Cuando él toma una decisión nada se puede hacer para hacerlo cambiar de parecer. como consecuencia de esto último es que los practicantes del vudú no recurren a él, sino más bien a sus espíritus, que sí pueden escucharlos, socorrerlos, ayudarlos o incluso castigarlos. Los adoradores del vudú se conectan con los espíritus a través del canto, la danza y la invocación; de ahí que un espíritu pueda poseer a un humano. Además de los dos grupos principales de Loas (Radas y Pétro) también existen otras dos ramas de esta misma familia: los Ghede, que son espíritus de los muertos y los Dantor, aquellos que tienen un poder especial, específico o exclusivo.

El vudú no concibe la vida como una lucha entre el bien y el mal; su concepción de los espíritus es antropomórfica. Aquí ningún hombre es absolutamente bueno o absolutamente malo, ni lo es ningún espíritu tampoco. Los seres humanos pueden ser generalmente persuadidos para que cambien sus intenciones, y lo mismo ocurre con los espíritus; y así como puede variar la personalidad humana, así también puede cambiar la de los espíritus, que no son inmutables.

Algunos son más temibles que los demás; algunos pueden considerarse más afectuosos, pero todos son capaces de atraernos tanto felicidad como desgracias. Un espíritu puede ser bondadoso y al mismo tiempo causarle daño a una persona que no haya cumplido con sus promesas hacia él, como también puede darle dicha y suerte a una persona devota. A los espíritus no les importa que las personas recurran a otros espíritus, dioses o santos de otras o la misma religión, pues ellos no son celosos.

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