Parecer

Ética a Nicómaco (II)

Por Edwin Peña

Aristóteles insistía en que si todas las actividades humanas se realizan por un fin, que a su vez dependían de otros, estos serán medios para alcanzar un fin último que da razón a todos los demás. Dicho fin último es para Aristóteles  la eudaimonia (felicidad), misma a la que por naturaleza aspiran todos los seres humanos.

La ética de Aristóteles se basa por tanto en el concepto de felicidad, de modo que su planteamiento es bastante sencillo: “una acción es correcta si me hace feliz”, por tanto, nosotros debemos buscar nuestra felicidad y la encontraremos dependiendo como sean nuestras acciones en base a la virtud.

 

“Pues la felicidad es, según nuestra opinión, la actividad del alma conforme a la virtud” (Ética a Nicómaco 1:8).

Para nuestro autor la felicidad no es un estado, para él no es leer un libro frente a una ventana de cristal mientras llueve, pajaritos cantando por la mañana, una pareja que sepa cocinar, bailar, se vea bien y sea buen polvo o sacarse la loto, para él, la felicidad es una actividad como cualquier otra, es decir, algo que se práctica, algo que se aprende, algo que se construye y se adquiere a través de la virtud, es decir, el hábito de tomar buenas decisiones o accionar correctamente.

Teniendo en cuenta que la felicidad es una práctica, algo que se aprende y se obtiene, obviamente debemos concluir que tanto los animales como también los niños no pueden alcanzar la eudaimonia, esto porque no pueden poner en práctica dicha actividad: “Es sensato, pues, no atribuir la felicidad al buey, ni al caballo, ni a ningún otro animal, pues ninguno de ellos es capaz de participar en tal actividad. Y por la misma razón, tampoco la felicidad se atribuye a un niño, pues por su corta edad no puede poner en práctica tales acciones” (Ética a Nicómaco 1:9).

En la mitología grecorromana, Fortuna era la diosa de la buena y la mala suerte, su ruleta (azar) era la encargada de darle dicha y desdicha a los seres humanos, cuando una persona está arriba tiene buena suerte, es feliz y dichosa, a medida que la ruleta va siguiendo su curso, esa misma persona pasa por un proceso, la persona que antes estaba arriba ahora está abajo. Esta persona pasa de ser feliz y dichoso a ser triste y desdichado; la ruleta, sin embargo, sigue su curso y esta persona vuelve a estar arriba, luego abajo y así sucesivamente a lo largo de toda su vida. De modo que debido a los cambios y vicisitudes que pueden suceder en la vida de todo hombre, Aristóteles opina que solo podemos asegurar que una persona ha sido feliz o ha alcanzado la eudaimonia, solo al final de sus días (vejez).

Aristóteles, además, insiste en que, si vivimos una vida en conformidad con la virtud nos irá mejor incluso los momentos de desdichas y tristezas, por ejemplo, a un hombre que hace buenos zapatos le irá mejor incluso en las temporadas de poca venta que a aquel que hace malos zapatos, ya que los pocos clientes que vendrían lo preferirían a él sobre el otro zapatero, aunque las ventas estén flojas. Según Aristóteles, una persona que viva en conformidad con la virtud, difícilmente será apartado de la eudaimonia, aunque le sobrevengan desgracias e infortunios.

“Si, pues es preciso ver el fin de la vida y juzgar entonces feliz a cada uno, no por lo que en ese momento es, sino por lo que antes ha sido, ¿cómo no será sorprendente que cuando uno es feliz no se reconozca en él la existencia de tal felicidad que, por otra parte, posee? Ello debe tener su fundamento en el hecho de que no se quiere proclamar felices a los que viven a causa de los cambios que se producen en las cosas, y también por el hecho de atribuir a la felicidad no sé qué tipo de estabilidad ajena a todo cambio, olvidando que las vicisitudes de la fortuna giran incesantemente en torno también de los que son felices. Es en efecto evidente que, si seguimos los cambios de la fortuna, nos veremos obligados a declarar al mismo hombre tan pronto feliz como desgraciado, convirtiendo a ese hombre en una especie de camaleón sin fundamentos sólidos” (Ética a Nicómaco 1:10).

“A nuestro parecer, en efecto, el hombre que es auténticamente bueno y prudente soporta con toda dignidad todas las vicisitudes de la fortuna y sabe obrar de la mejor manera posible en todas y cada una de las diversas circunstancias, del mismo modo que un buen general utiliza de la mejor manera posible para la batalla el ejercito que dispone” (Ética a Nicómaco 1: 10).

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