Parecer

Ética a Nicómaco (III)

Por Edwin Peña

La virtud, para Aristóteles, es el habito de tomar buenas decisiones, todo esto conforme a una medida, medida que él llama justo medio. El justo medio o término medio se abre paso entre dos extremos donde uno es defecto y el otro es exceso, ambos componen el vicio, que es la contraparte de la virtud. Teniendo en claro que para alcanzar la eudaimonia (felicidad) es indispensable vivir en conformidad con la virtud. Aristóteles reflexiona sobre la deliberación, es decir, la toma de decisiones, opina que los seres humanos deliberan constantemente, de modo que deliberar forma parte de nosotros y no podemos desligarnos de ello. Es la deliberación la que determina si algo es bueno o es malo, tanto para nosotros como para los demás.

Aristóteles también reflexiona sobre el origen de esas decisiones que tomamos, por ejemplo, si esas decisiones fueron tomadas por la fuerza, es decir, si alguien nos secuestra un familiar y nos obliga a hacer cosas que no corresponden a una persona virtuosa ¿Qué sucede? ¿Me alejo más de alcanzar la eudaimonia? Pues en ese caso se evalúa si realmente esas decisiones fueron tomadas bajo esas circunstancias.

El filósofo griego se preocupa por determinar si tales acciones fueron voluntarias o involuntarias, de modo que, para Aristóteles, será voluntario aquello que están en nuestro poder, es decir, la capacidad de hacer algo que nos propongamos o hagamos por elección propia, ejemplo: Yo poseo la capacidad de aprenderme el árbol genealógico de los Buendía (tronco familiar de la novela Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez,) ahora bien, la decisión de aprendérmelo o no recae única y exclusivamente en mí, esa decisión dependerá de las circunstancias y se moverá en torno a lo que mejor me parezca.

Esta voluntad solo equivale cuando las decisiones que tomo están dentro de mi rango de posibilidades, porque por obvias razones no puedo tomar la decisión de no montar un unicornio, por tanto, teniendo claro el concepto de lo voluntario, nos quedaría aún más claro saber que las acciones involuntarias son aquellas acciones o decisiones ajenas a mí, de las cual es no tengo el control o la culpa.

“Son involuntarias las cosas que se hacen por la fuerza o por la ignorancia” (Ética a Nicómaco 3:1). Pues podríamos opinar que serían involuntarias las acciones que cometamos bajo amenazas, pues todas las decisiones tomadas en conformidad con la virtud son voluntarias, por lo tanto, podríamos definir a una persona virtuosa, como aquella persona que decide siempre hacer lo correcto de forma voluntaria.

Algo que debemos tener en cuenta es que así mismo como una persona decide hacer lo correcto por voluntad propia, también por voluntad propia esta podría hacer lo incorrecto, pues posee la capacidad y el poder para tomar sus propias decisiones ya sean buenas o malas. Tenemos la seguridad por los análisis anteriores, que una persona que no haga lo correcto no puede alcanzar la eudaimonia; recordemos que la base de esta ética descansa sobre la máxima “Es correcto aquello que me hace feliz”, pero y si robar me hace feliz, entonces ¿es correcto? Pues no necesariamente, Aristóteles llamará a esto como “Bien aparente”.

Las acciones son lo único que debo tener en cuenta para saber si una acción es correcta o incorrecta y si esta acción me hace feliz o no, por lo tanto, se podría decir que la ética de Aristóteles es teleológica, es decir, una ética que basa la bondad o la maldad de una persona en función de sus acciones. Si una persona se siente feliz robando será el mundo el encargado de poner cada cosa en su lugar, recordemos que todos los seres humanos por naturaleza aspiran al fin último, es decir, la eudaimonia.

De modo que los seres humanos aplicarán todos los medios y fines para alcanzar ese fin último, aquí sin embargo, el fin no justifica los medios, el que quiera alcanzar la eudaimonia tendrá que actuar conforme a la virtud, de modo que si yo me siento feliz robando, es probable que esa felicidad se acabe cuando me metan a la cárcel; es probable que vuelva a salir de prisión y siga robando pero, tarde o temprano volveré a caer en la cárcel o, peor aún, en manos de una multitud de personas enojadas (linchamiento) o en las manos de un seguridad o guachimán, de modo que, al final de mis días no podría asegurar que fui feliz en mi juventud.

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