Historiador de la Ciudad

Higüey: Denominaciones raciales, censos y motilidad étnica

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

La sociedad colonial de la villa de Higüey estaba jerarquizada sobre bases raciales. En lo alto de esta jerarquía se hallaban los españoles, nacidos en la metrópoli; formaban la burocracia, detentaban el poder político, religioso. A continuación estaban los criollos, hijos de españoles, poseían grandes haciendas, disfrutaban del usufructo de las minas, explotaban el trabajo de los indios, poseían esclavos; sin embargo, no tenían acceso a los altos cargos. Odiaban al español, que simbolizaba la metrópoli, contra quien estaban resentidos[1], no sólo por la marginación en que los mantenía, sino por el menosprecio con que se les trataba, cuando iban a España; que los consideraba súbditos de segunda. Después venían los mestizos que eran de distintos tipos; el mulato, surgido de la unión de blanco con negro; el zambo, de negro con indio; el mestizo, hijo de blanco con indio. Formaban un mundo de artesanos, mayordomos y servidumbre.

En la base de esta pirámide social se encontraban los indios. Pero aún más bajo se encontraban los esclavos negros. A comienzos del siglo XIX, tras su largo viaje por América, Humboldt[2] describe las abiertas divisiones de las razas al: “odio existente entre las castas y el apasionado deseo de todos de ser considerados como blancos y, por consiguiente, iguales a los peninsulares”. En Higüey el desarrollo de la mezcla interracial provocó una transformación total. Los elementos culturales aborígenes fueron absorbidos o reemplazados, mientras se afincaban los ibéricos; como la economía, idioma, religión, artes, leyes, costumbres; que prevalecieron, o se adaptaron, a influencias indígenas y africanas.

La población de Higüey en el 1514 contaba con setenta vecinos; creció poco y con escaso aporte racial español. Según el listado, Repartimiento de los indios de la isla Española, el total de avecindados era de dieciséis, sin contar los que no eran encomenderos y los “no casados”, con mujeres de Castilla. A este listado se le tienen que sumar los empadronados, por los repartidores de la encomienda; por exclusión, son cincuenta y dos; sumados a los dieciséis anteriores, da un total de 68 vecinos, en la Villa para esa fecha. La escasa población se debe a que la emigración española se dirige a los nuevos territorios descubiertos, Méjico en 1521 y Perú en 1533, en donde había grandes yacimientos de oro. Méjico y Perú ofrecían a España la riqueza en metales para capitalizarse y adquirir productos de consumo. La ausencia del poder español se acentuó en la Isla; la villa de Higüey no era ajena a estas políticas estratégicas.

En 1531, Puerto Rico, tenía cincuentisiete españoles, casados con blancas; catorce, casados con indias; el número de matrimonios mixtos era superior. Los hijos mestizos eran “criollos”[3]; la villa de Higüey no estaba rezagada en cuanto a número de habitantes se refiere. Puerto Rico, una isla, tenía prerrogativas que no poseía la villa de Salvaleón de Higüey.

Igual sucedía en La Habana, Cuba, en 1540, la población era de cuarenta vecinos españoles, casados y por casar; ciento veinte indios naborías; doscientos indios y negros, esclavos; un clérigo y un sacristán. Cuba, colonizada en 1511, veintinueve años después, tenía esa población. La villa de Higüey, colonizada nueve años antes, poseía la misma cantidad de habitantes.

En 1562, en Venezuela, había ciento sesenta vecinos españoles. En 1607, tenía setecientos cuarenta vecinos. Ya ahí se encontraban los descendientes de Simón de Bolívar, el quinto abuelo del Libertador del Sur[4], maestro constructor del santuario; se encontraba también el capitán Gracián de Alvarado quien, según el historiador venezolano Nectario María, llevó desde Higüey, el culto de la Virgen de La Altagracia, al sitio de Quibor, Venezuela.

En la villa de Salvaleón de Higüey, antes de la abolición de la esclavitud, cayeron las murallas, que separaban a blancos de negros, por la ignorancia, por la pobreza. La carencia, casi absoluta, de escuelas, abatió la mentalidad del blanco; hasta reducirla a la escasa que había alcanzado el negro. Con ambas razas, pobres e ignorantes, desapareció el valladar que los separaba; la intelectualidad y la condición económica separa, formidablemente, a los hombres.

Denominaciones raciales en tiempos de la colonia:

Terminología clásica a principios de la colonia.
Negro + Blanco = Mulato o Pardo
Mulato Blanco Tercerón
Tercerón Blanco Cuarterón
Cuarterón Blanco Mestizo
Mestizo Blanco Blanco
Negra Indio Alcatraz
Indio Negra Zambo
Alcatraz o Zambo + Mulato = Grifo
Tercerón
Cuarterón
Tercerón + Negro = Saltapatrás
Cuarterón
Mulato
Mestizo
Zambo
Alcatraz
Tercerón + Cualquier Clase de cruce entre estas = Tente en el aire
Alcatraz
Zambo
Mestizo
Mulato
Cuarterón
Fines de la colonia (uso popular)
Mulato + Blanco = Blanco de la tierra
Tercerón
Cuarterón
Mestizo
Terminología contemporánea
Mulato + Negro = Indio oscuro
Mulato Blanco Indio canela
Indio canela Negro Grifo
Grifo Blanco Jabao
Indio canela Blanco Indio claro o lavado
Indio claro o lavado Blanco Blanco sin oreja

En las zonas cimarronas, lejos del control de los españoles, se desarrolló el estilo cultural conocido como “campesino”, bajo fuertes influjos taínos y africanos, que nos marcaron como pueblo. En el censo realizado en Higüey, en la primera mitad del siglo XVI, no se estratifica la población de los mestizos. La raza no era un indicador para los colonos higüeyanos, del siglo XVI; pero tampoco lo era para la corona, o la Iglesia. No fue hasta la década de 1580, en el libro de historia, escrito por Fray Juan González de Mendoza, que los “mestizos emergen como categoría poblacional. Tampoco en Cuba las categorías de población incluían a mestizos o mulatos ni otras categorías de sangre mixta hasta los años 1580, aunque evidentemente han debido existir” criollos de sangre mixta mucho antes.

La mayoría de los nacidos en las villas de Higüey y El Seibo eran, política y económicamente, desposeídos; por ello se les tenía en baja estima, son invisibles en la documentación histórica; los términos “mestizo” y “mulato” aparecen poco en los documentos de la colonización, evidencia la poca importancia que merecían estas estratificaciones. Esta actitud contribuyó a que los mestizos y mulatos se consideraran blancos sin serlos.

En agosto de 1515, García de Ocampo[5], quien era padre de Gonzalo y Juan de Ocampo, fue recomendado al almirante Diego Colón, por el Rey, para que se cumpliera su deseo de llevar a Castilla una nieta mestiza, llamada Inés, que tuvo en Higüey su hijo Juan, fallecido. La no estratificación de la población representó para los vecinos en la Villa la ventaja de la motilidad étnica. Los mestizos eran, económica y políticamente, tan poderosos como los españoles, se les censaba entre los españoles; aunque fuesen lo que hace unos años llamaríamos ilegítimos. Algunos niños nacidos en la Villa, de madres indígenas y padres españoles, eran criados como españoles, en calidad de miembros de la familia y como herederos legales de su padre. Muchos otros españoles activos eran, política y económicamente, concebidos de forma mixta entre españoles y africanos. Había razones para ello, porque pocas mujeres europeas emigraron a la Villa y muchos conquistadores se adaptaron a las indígenas y más tarde a las africanas. Estas relaciones, en su mayoría, fueron impuestas a las mujeres; cuya violación es simbólica de la propia conquista. De ahí podría derivarse nuestra costumbre, como pueblo, de tener una esposa y varias damiselas que son llamadas “queridas”.

“Otras mujeres aceptaron la relación a instancias de sus caciques en su intento de crear parentescos entre los dos pueblos. Otras lo hicieron porque estas relaciones ofrecían no sólo ventajas personales, aunque también exponían a las mujeres al riesgo de mayores abusos personales y a la explotación, sino porque también potencialmente ofrecían motilidad socio económica para sus hijos”.[6]

No sólo los mestizos eran considerados españoles; las indígenas, que se casaron con españoles, eran bautizadas, vestían ropas y tenían costumbres españolas. En tiempos de la colonia el gusto por lo extranjero, en la villa de Salvaleón de Higüey, es reseñado por Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, en una de sus obras. Esos testimonios se encuentran en “los papeles del cabildo higüeyano”. Los de raza indígena se latinizaban, adoptando nombres españoles, lengua castellana, ropas al estilo español y la religión católica. Aquí, en la villa de Higüey, Francisco de Alcántara, Juan de Bustillos, Martín de Escalante, Juan Farfán, Francisco Gómez, Francisco Hernández, Diego López, Alonso Martín Abal, Esteban Mateos, Lucas de Morales, Cristóbal de Niebla y Juan de Ocampo, estaban casados con “mujeres de la isla”, o sea, con taínas. Los registros eclesiásticos para rastrear estas transferencias étnicas son escasos. Los indígenas, sin embargo, tenían suficiente motivación para introducirse al estrato español, o al mestizo, porque tendrían más ambiente social y económico.

En 1679, el arzobispo de Santo Domingo, Fray Domingo Fernández Navarrete, describió cómo una Villa, del Este, de la isla de Santo Domingo, sede del santuario de Nuestra Señora de Altagracia, a dos leguas del mar: “Tiene 144 de confesión. Los 22 españoles, 18 mujeres blancas, 21 esclavos. Los demás gente parda y mulatos. Tiene 23 bohíos. La iglesia es de ladrillo y fuerte y está adornada de todo muy bastantemente.”[7] O sea, 83 personas eran pardas y mulatas.

En su visita pastoral, de 1739, Domingo Pantaleón Álvarez y Abreu, arzobispo de Santo Domingo, refirió que: “Higüey consta de 318 personas libres y esclavas, de ellas son 100 hombres de armas, habrá entre ellas diez o doce personas blancas y el resto mulatos y negros; tiene una iglesia parroquial muy decente con el correspondiente adorno de bóveda[8]”.

El 15 de mayo de 1740, don Antonio de La Concha, nombrado Visitador General por Álvarez y Abreu, en su corto episcopado, visitó el santuario de Higüey y escribió:

“A ocho leguas de distancia de la villa de El Seibo y pasando cuatro ríos llamados Seibo, Soco, Quiabón y Sanate, está la villa que llaman Higüey, cuyo vecindario consta de 318 personas libres y esclavos. De ellas son 100 hombres de armas; habrá entre ellas diez o doce personas blancas y el resto mulatos o negros. Tienen una iglesia parroquial muy decente con el correspondiente adorno de bóveda; en ella hay altares a proporción y en el mayor está colocada su titular Nuestra Señora de La Altagracia, muy milagrosa y para la asistencia del templo sólo hay un sacerdote”.[9]

En el 1760 la villa alcanzó los 435 habitantes, con una tasa de crecimiento anual de un 15.78%. En 1772 llegó hasta los 600 y en 1812 a los 1,442. En 1782 su población era eminentemente campesina, sólo 70 personas, el 13.77% vivían en la urbe, 438, el 86.22% restante, vivía en el mundo rural.[10]

En 1785, Antonio Sánchez Valverde, dijo de la población que: “era población muy antigua con reliquias de buenas familias, pero tan decaída que apenas pasará de quinientas almas, teniendo las más bellas proporciones y habiendo sido la Corte del más poderoso cacique de la isla”[11].

A finales del siglo XVIII Moureau de Saint-Méry la personificó como una villa que: “se encontró reducida a no tener sino cincuenta habitantes y que en el curso de este siglo se ha construido una nueva iglesia y la población actual alcanza a quinientas personas originarias de las más antiguas familias de la colonia. De ella no queda sino la fertilidad de sus alrededores, beneficio en lo adelante inútil para aquellos que no saben aprovecharse de él.”[12]

En Higüey para 1810 “la villa tenía tres mil quinientas personas y su iglesia no había sido saqueada. La miraculosa Virgen de Alta Gracia es su patrona y ha hecho muchos milagros. De todas las islas de las Antillas le visitan los 21 de enero”.[13]

El aumento poblacional, en Higüey, a principios de los siglos XVII y XIX, se debió a las “devastaciones de Osorio”, al desplazamiento de los habitantes, desde la zona fronteriza con Haití, hacia la tranquila región oriental; a las rebeliones de los esclavos de la antigua colonia francesa de Saint Domingue que arrasaron sus tierras e incendiaron sus localidades.

[1] Los clásicos de la conducta humana perfilan a los resentidos como de poca empatía y de pobres afectos, hipócritas hasta el alma, capaces de cualquier cosa, prejuiciados con los demás, entendiendo el prejuicio como la actitud negativa que se tiene frente a alguien o hacia un grupo o institución que alguien represente, sin tener una base de sustentación racional del comportamiento. Otra característica de los resentidos es que tienden a ser influenciados, pocos sinceros, ingratos.

[2] Convencionalmente, la biografía de Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander von Humboldt debe empezar con estos datos: nació en Berlín el 14 de septiembre de 1769 y murió longevo en la misma ciudad, el 6 de mayo de 1859. Quien habría de convertirse con el tiempo en uno de los personajes cimeros de las letras y las ciencias decimonónicas, pertenecía a una familia de estirpe aristocrática, constituida por su padre Alexander George von Humboldt (1720-1779). Sería muy difícil encontrar un personaje histórico que rivalice con Humboldt en la asociación inconfundible de su nombre con la geografía. Y tal vez tampoco haya quien lo iguale en la profusión bibliográfica con la que en muchos idiomas se han examinado su vida y su obra, desde enfoques disciplinarios muy variados. Por lo demás, su producción científica fue de prodigiosa amplitud. En el 2004 se conmemoró el bicentenario de su famosa expedición al Nuevo Mundo (1799-1804).

[3] La palabra “criollo” aparece por primera vez en el siglo XVI en el testamento de Juan de Castellanos con relación al esclavo doméstico africano. En el 1590 el padre Acosta la utiliza para los nacidos de españoles en las Indias, mientras Inca Garcilaso de la Vega la usa, indistintamente, para españoles y negros. Ya en el siglo XVIII el adjetivo “criollo” designa a todos los nacidos aquí, sin importar la casta, ni la mezcla de donde vienen.

[4] Quinto abuelo paterno del Libertador del Sur. Primer Bolívar en venir a América. Procurador general y primer regidor perpetuo de Caracas. Hijo de Martín Ochoa de Bolívar-Jáuregui y la Rementería. Viaja a América entre 1557 y 1559, llegando a la isla Española con el cargo de secretario de cámara de la Real Audiencia y Chancillería; permaneció allí casi 30 años. Construyó el santuario de Higüey. Casó con Ana Hernández de Castro (1568). En 1589, viudo, se traslada a Caracas acompañado de su hijo Simón de Bolívar, el Mozo; en Venezuela ejerció los cargos de procurador general ante la Corte y primer regidor perpetuo de Caracas. En 1590, en su condición de procurador general, fue enviado a España por el gobernador Diego de Osorio a fin de hacer gestiones ante la Corona. Regresa en 1592, con buenos resultados: autorización para la fundación de un seminario, génesis de la futura Universidad de Caracas; concesión de un escudo de armas para la ciudad de Santiago de León de Caracas; la suspensión de la orden de no obligar a los indios a realizar trabajos forzados y la autorización para comprar 3.000 esclavos en África, con licencia para poder vender algunos en otras partes de América. En 1593 obtuvo el cargo de contador general de la Real Hacienda. Fue conocido como el «Vizcaíno» y el «Procurador».

[5] ES.41091.AGI/1.16403.15.413//INDIFERENTE, 419, L.5, F.455R-455V. Reza la Licencia: Real Cédula al Almirante D. Diego Colón, a los jueces de apelación y oficiales de la isla Española y oficiales de las otras islas, dando licencia a García de Ocampo, vecino de Madrid, para traerse a España, con objeto de doctrinarla, una nieta suya llamada Inés, hija de Juan de Ocampo, su hijo, difunto, vecino que fué de Salvaleón de Higüey, y de una india.

[6] Lynne A. Guitar. Ph.D. en Historia y Antropología, Vanderbilt University.

[7] Publicado en Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones históricas de Santo Domingo, Vol. III. Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1957, p.16.

[8] Rodríguez Demorizi, Emilio. Ob. cit., Vol. III, p.269.

[9] Rodríguez Demorizi, Emilio: Relaciones Históricas de Santo Domingo. Tomo III. Pág. 256-272.

[10] Gutiérrez Escudero, Antonio. Población y economía en Santo Domingo (1700—1746). Sevilla, 1985, p. 51; Sevilla Soler, María Rosario. Santo Domingo, tierra de frontera (1750—1800). Sevilla, 1980, pp. 35, 41.

[11] Sánchez Valverde, Antonio. Ensayos. Santo Domingo, Editora Corripio, 1988, p. 226.

[12] Moreau de Saint-Méry, M. L Descripción de la parte española de Santo Domingo. Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1944, p. 175.

[13] Present State of the Spanish Colonies: Including a Particular Report of Hispaniola, Or the Spanish Part of Santo Domingo; with a General Survey of the Settlements on the South Continent of America, as Relates to History, Trade, Population, Customs, Manners, &c., with a Concise Statement of the…Escrito por William Walton. Publicado por Longman, Hurst, Rees, Orme, and Brown, 1810.

Guerrero Castro, Francisco, 1964-. Origen, Desarrollo e Identidad de Salvaleón de Higüey. Santo Domingo, República Dominicana: Editora Nacional, 2011. ISBN 978 9945 469 46 2

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