Historiador de la Ciudad

Higüey: la vida cotidiana en un pueblo de bohíos

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

 

La relación cronológica de los eventos de justicia que pertenecen al Fondo del Archivo Real de Higüey, 1633 al 1775, indica que la región tenía una baja densidad con escaso desarrollo económico centrada en la cría de ganados, en las monterías y la agricultura de subsistencia. A continuación un extracto de “La vida cotidiana en un pueblo de bohíos: Higüey en los siglos XVII y XVIII”[1]de Manuel Hernández González.

Los testamentos conservados en el Archivo General de la Nación son exponentes de la vida cotidiana de la población en el siglo XVIII. El de Gregorio Rijo, de 1783, gobernador y regidor perpetuo del ayuntamiento, es un testimonio fehaciente de  uno de los individuos más significativos de la cúpula social. Casado con Manuela Guerrero, integrante de ese mismo sector, tuvo 6 hijos. Era propietario del hato de San Juan de Matachalupa por herencia y varias compras, que estaba fundado en 615 pesos de tierra, en los que 50 entregó a su hijo Francisco. Poseían 9 esclavos, 50 caballos, 150 reses, 2 puntas de cerdos de 20 y 40 cabezas respectivamente, 11 ovejas y una casa de campo “aperada su cocina nueva y un ingenio con su rama”. Poseía por compra acciones de 61 pesos en la montería de La Magdalena y 24 en la de Yuma”[2].

Su hijo Gregorio Rijo Guerrero, casado con su pariente Manuela Guerrero y con 6 hijos, era dueño en 1797, cuando testó, en el citado Hato de Matachalupa, de un hatillo y una estancia en los que tenía 530 pesos de tierras de crianza y de labranza por compra y herencias, 8 esclavos, 40 caballos, 5 puntas de ganado vacuno, 1 de cerda y el ajuar de una hacienda. Camino del embarcadero de Quiabón hasta dicho río poseía 108 pesos de tierras, en el que tenía un corte de maderas habilitado con herramientas y bueyes, y otros 103 pesos de tierras en Quiabón Abajo y del otro lado otros 103 pesos en tierras.[3] Esto último era sinónimo de esa nueva actividad extractiva que comenzaba a desarrollarse en la localidad en esa época.

En el testamento del capitán reformado Gregorio Guerrero Urtarte, con 8 hijos con Baltasara de los Reyes, sus bienes se cifraban en 3 negros. Poseía en el Hato de El Guanito 100 reses, 14 caballos, 10 yeguas, 11 cerdos, 1 burro hechor, 1 cuadrilla de perros, la casa vivienda en dicho hato cubierta de cana y con tinglado de tablas, un bohío en la villa igualmente con tinglado, tres taburetes, una mesa, un tambor y tres botijuelas. En el Hato de Mana tenía 19 vacas y una manadita de yeguas con su padrote, 2 ranchos, un conuco, un corral, un trapiche movido por caballo y un alambique.”[4]

Otro integrante de la oligarquía, el gobernador de armas José Guerrero[5], al testar en 1763, con 7 hijos de su matrimonio con María Garrido, era dueño del Hato de San José con sus sitios, monterías y reses, gravado con una capellanía de 560 pesos de principal, 50 reses en los sitios de la villa y 8 esclavos.[6]Un siglo antes, en una época en la que el cacao todavía representaba algún valor en la economía de Higüey, el regidor Francisco Rodríguez, casado con Bárbula Flores y con una hija, era dueño de 3 negros angola y 4 criollos, una estancia en La Ribera con cacao, yuca y jengibre, la ropa de su uso y la casa en la que vivían.[7]

Higüey. Año 1910. Foto tomada desde el campanario de la iglesia San Dionisio. En la parte inferior derecha se puede observar la glorieta del parque, conocida como“la tambora de papá Ramón”, construida por Ramón de Peña; era una retreta en madera de forma circular y estaba en el centro del parque. A la izquierda se observa la “casa del cabildo”. En la foto, la casa de dos niveles cobijada de zinc pertenecía a la familia Botello.

Esta era la vida de la elite social, poseedora de unos pocos cientos de cabezas de ganado, de un número escaso de esclavos, en su mayoría obtenidos por la vía de la reproducción por su elevado precio y escasa disponibilidad de capital. Vivían en bohíos de cana entablados y con unos bienes materiales reducidos al mínimo, unos simples taburetes, y una mesa, unas pocas joyas, unas cuantas herramientas…

La agricultura practicada en sus tierras se limitaba a unos pocos conucos de subsistencia en las monterías. Sus unidades productivas de azúcar eran de mano o movidos por un animal. Era tan baja la producción local de caña que hasta los aguardientes eran traídos por mercaderes a la villa. En 1778, el cabildo denunció que los que se vendían allí “se hallan flojos porque les falta la fortaleza” y que les echaban agua, por los que los que lo compraban para su curación les podía “resultar a un enfermo un pasmo por causa de tener agua”[8].

Si esa era la existencia diaria de la oligarquía, qué decir de los campesinos medios y bajos y del exiguo número de esclavos. Sebastián Ortega era un agricultor de cierto acomodo y sólo tenía un esclavo criollo de 10 años. Era dueño del bohío en que vivía situado en Baiguá, heredado de su primo, que valía 22 pesos. Tenía 75 pesos en las monterías de Anamuya, 50 reses en Baiguá, una punta de 50 cerdos, 30 caballos, 3 mulas, un burro hechor, 2 conucos, uno sembrado de plátanos y otro de caña, yuca y batatas, 2 perros, un ingenio de mano, 2 pailas, una de ellas de cobre, una silla jineta, 1 lanza de mano y un espadín de montar[9].

La gran mayoría dependía de su trabajo personal o del de su familia. El alférez Pablo Santana era dueño de 2 vaquitas, 1 cerda, una pequeña huerta y 5 pesos de sitio en La Malena[10]. Juan del Castillo, casado con Francisca de Paula y con un hijo, era dueño de 11 pesos y medio en el Hato de Baiguá en sitios y monterías, 25 pesos en la de Los Juncos, 45 reses, 7 yeguas, 4 caballos, una punta de cerdos de 7 madres, dos huertecitas de yuca y cañas y algunas joyas.[11] Finalmente, el caso de un emigrante llevado en familias por la corona a la localidad, el orotavense Juan Pérez, casado con su paisana Catalina Díaz y con 8 hijos, es elocuente de su pobreza. Señaló que “no tenemos bienes algunos, sólo nuestras ropas de uso.[12]

Eran, en definitiva, testimonios de una sociedad de los siglos XVII y XVIII en la que la montería, con sus ganados vacuno, equino, porcino, caprino y ovejuno y los pequeños huertos de subsistencia eran el motor diario de su economía, modificada a fines de la centuria por los cortes de madera y la brusca reactivación de la inmigración de los pobladores de las regiones fronterizas que huían de las invasiones de los antiguos esclavos de la Parte Occidental de la isla. Una pobreza que explica el por qué la iglesia San Dionisio fuera el único edificio de argamasa de la localidad, y que hasta los sectores más altos de su clase dirigente viviesen en bohíos.

[1] Ponencia en el “Encuentro Internacional Arquitectura Popular en el Medio Rural: las Casas Pajizas”, celebrado en Pinolere, La Orotava, Tenerife, Islas Canarias, España, entre los días 31 de octubre al 3 de noviembre de 2002.

[2] AGN, AH, 14, 1783

[3] AGN, AH, 15, 28 de octubre de 1797.

[4] AGN, AH, 21. Testamento del 6 de julio de 1751 y codicilo.

[5] Heredero de una fortuna de más de doscientos años, descendiente de Luis Guerrero a favor de quien testó en 1611 su madre la rica Elena de Los Santos quien enviudó de Francisco Guerrero.

[6] AGN, AH, 9, 25 de julio de 1763.

[7] AGN, AH, 8 de octubre de 1654,

[8] AGN, AH, 7. Cabildo del 2 de octubre de 1778.

[9] AGN. AH, 6, 9 de febrero de 1735.

[10 ]AGN, Archivo de Bayaguana, 10. Cabildo de Higüey del 10. 13 de octubre de 1778.

[11] AGN, Archivo de Bayaguana, 10. Cabildo de Higüey del 6. Cabildo del 18 de octubre de 1740.

[12] Ibidem, 20. Cabildo del 31 de agosto de 1764.

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