Historiador de la Ciudad

La mezcla racial y el factor femenino

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

La mezcla racial comenzó, en el primer viaje del descubrimiento, en diciembre del 1492. Llegados de España el puerto de escala era Boca de Yuma; llamado el puerto de “Higüey el viejo. Fluyó sobre la villa de Salvaleón de Higüey,el viejo”, toda la inundación de la conquista, descubridores, exploradores, futuros grandes capitanes, como Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León, Juan de Esquivel, Rodrigo de Bastidas, Francisco de Garay y Diego Velásquez.

“Los colonizadores se amancebaban con las indias[1] ya que muy pocas mujeres españolas emigraron a la Isla. Los inmigrantes de España a Indias superaban a las mujeres a razón de 17 a 1 hasta 1539, fecha desde la cual aumenta el número de mujeres inmigrantes. Se estima que de 5, 481 inmigrantes al Nuevo Mundo entre 1493 y 1519, sólo 308 eran mujeres. La razón promedio fue de 7.2 a 1 de 1493 a 1580”[2].

Algunos autores refieren que en la colonización la ausencia del elemento femenino español se debe a la idea generalizada de brutalidad y pillaje que se ha querido atribuir al colonizador. En este período, 1509 a 1519, encontramos un dato curioso, sobre un embarque en particular, en el que subieron a bordo un buen número de mujeres pasajeras. La historiadora Ana María Ortega Martínez, basándose en los registros que aparecen en el Catálogo de Pasajeros a Indias, cuenta 306 mujeres; dos menos que Boyd-Bowman: La mayoría de ellas pasaron con sus maridos hijos e hijas. Algunas vinieron completamente solas. Como un dato curioso, leamos el registrado en la papeleta número 1910 correspondiente a Juan Guillén, vecino de Sevilla; su mujer María de Malaver; Isabel de Malaver, Martina Núñez Girón, Beatriz Girón, María Malaver, Catalina Guillén Girón, Lucía Girón, Eufrasia Malaver y Juana Guillén sus hijas; Leonor Rodríguez Toledano; Juana Sánchez, hija de Pedro Sánchez…pasaron a las Indias el 16 de octubre de 1514”[3].

Entre las mujeres casadas hubo muchas aventureras que no dudaron en seguir a sus maridos. En el decenio 1509-1519 se cuentan 308 mujeres procedentes de grandes ciudades con destino a la isla Española[4]. Las mujeres pocas veces viajaban solas: “la mayoría de las mujeres viajaba en grupos, generalmente acompañadas por maridos, padres, hijos o parientes. Unas cuantas jóvenes solteras, casi siempre sevillanas, viajaban como “criadas”, término que puede haber ocultado un oficio distinto”. De cualquier manera existe documentación, tanto de criadas como de criados, que no tienen por qué estar ligados a la prostitución.

El negro se reprodujo más con las indias que con las españolas. Con el tiempo, en lo que se aceleraba la mezcla, los nacimientos más frecuentes eran el blanco español y las indias, el negro esclavo y las indias; lo que incidió en la pronta absorción de esa raza. La raza indígena fue absorbida. Se revalida lo anterior porque el indio taíno tenía escasa oportunidad de convivir con mujeres blancas y negras. Por eso, aunque hubo cierto grado de exterminio de la raza indígena, el restante fue absorbido por la mezcla con las otras razas y su subsecuente reciclaje. Los primeros colonizadores tuvieron, desde un primer momento, el apoyo de las autoridades para contraer matrimonio con indígenas. Las mujeres españolas también, bajo la ley, eran alentadas a casarse con indios, pero esos casos fueron pocos. En una instrucción del 29 de marzo de 1503 se lee:

“Otrosí: mandamos que el dicho Nuestro Gobernador e las personas que por él fueren nombradas para tener cargo de las dichas poblaciones, e así mismo los dichos Capellanes procuren como los dichos indios se casen con sus mujeres en la faz de la Santa Madre Iglesia; e que así mismo procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas, con algunos indios”.

De 1505 a 1519 llegó un buen número de mujeres hasta Salvaleón de Higüey. Para esa fecha residían en Higüey las encomenderas Beatriz González, Ana Martín y Catalina Vda. Ortiz. En 1519 casados, con “mujer de Castilla”, estaba el cuarenta por ciento de los encomenderos en la villa de Higüey. El restante sesenta por ciento tenía por esposas a “mujeres de la Isla”, o sea, “indias”. A partir de ahora es cuando se va a notar esa presencia femenina; estas mujeres serán la semilla de la sociedad naciente. La conquista del cacicazgo de Higüey no sólo fue un hecho militar realizado por tropas mercenarias ni tampoco una manifestación del poderío militar español para la incorporación de los territorios. Esos hechos son de capital importancia para comprender el desenvolvimiento de la población higüeyana, pues no llegaron aquí guerreros carentes de mujeres, sino que desde el principio, cada vez en mayor número, vinieron a establecerse, en los ingenios y en otros parajes del cacicazgo, colonos con sus esposas e hijos. La llegada de mujeres europeas a la villa de Salvaleón de Higüey para el año 1514 se había incrementado y, a lo largo de todo el siglo XVI, la población africana aumentó, dramáticamente; luego que la industria azucarera sustituyera en 1520 a la minería de la zona como punto de enfoque de la economía. El aumento de la población africana fue proporcional a la frecuencia de uniones conyugales con españoles y taínos. En Higüey todos convivían y trabajaban, unos con otros, forjando estrechos lazos de parentesco y padrinazgo; traspasando las fronteras étnicas y creando un pueblo y una cultura nueva.

La prostitución

La prostitución era aceptada por las autoridades y eso permitía su control. A la prostitución, “el oficio más antiguo”, se le reconocía su importancia desde las Cruzadas; los templarios calcularon que serían necesarios los servicios de trece mil prostitutas durante un año. En una disposición real, hecha en Granada, en el año 1526, se autoriza el primer prostíbulo en Puerto Rico: “Por la honestidad de la ciudad y mujeres casadas en ella, y por evitar otros daños e inconvenientes, hay necesidad que se haga en ella casa de mujeres públicas[5]. En ese mismo año se permitía a Juan Sánchez Sarmiento operar otro en Santo Domingo. Observemos como en España, en el siglo XVI, se autorizaba un prostíbulo ante la necesidad de preservar la honra de los esposos; en vez de cuidar la de las mujeres que trabajarían en el mismo. Esto se debía a que la honra, de la mujer e hijas de los funcionarios, era insegura con tantos militares sueltos: “Y los reyes empezaron entonces a dictar órdenes severísimas, para evitar que ningún funcionario pasase a estos reinos sin proveerse de legítima mujer en la Península, a excepción, claro está de los clérigos… Y mientras se montaban los grandes portones en las casas, anduvieron locos los maridos, los padres y los novios”[6]. Mary Perry resalta la importancia social de las prostitutas, como un mal menor, pues en su ausencia, los hombres, pondrían sus energías en las mujeres honradas, el incesto, la homosexualidad o el adulterio. El oficio de la prostituta era, más que una remuneración, la unión espiritual, con España; satisfaciendo la necesidad de compartir la misma lengua y cultura. Las indias eran consideradas atractivas por los colonizadores que, al igual que los indígenas, ejercieron un control despótico sobre ellas; disponían de cuantas quisiesen

[1] En el Segundo Viaje, como la inmensa mayoría de las 2,500 personas eran hombres solteros, muchos de ellos comenzaron a tomar mujeres entre las indias de las tribus taínas que poblaban la isla, por lo que la interrelación humana entre los dos mundos fue un hecho sin precedente en la historia de la humanidad.

[2] “La importancia de la emigración de mujeres españolas a América, desde los orígenes hasta 1600, es una de las revelaciones importantes. Entre 1493 y 1600 de un total de 54.882 pobladores registrados vinieron 10.118 mujeres, o sea, 16, 56% y en las últimas dos veintenas del siglo la proporción subió a 28, 5% y a 26%, respectivamente. Esta constante y creciente población femenina, andaluza, principalmente, tuvo varias motivaciones. Comenzaron a viajar a la Isla para reunirse con sus maridos o como criadas de señores; y algunas de las que enviudaron se hicieron cargo con éxito de las haciendas de sus maridos”. (Martínez, José Luis, Pasajeros de Indias, Ed. Alianza, Madrid, 1983. P. 178)

[3] Ortega. Pág. 23

[4] Ibídem.

[5] O’Sullivan-Beare.

[6] Arciniegas. Pág. 42-43.

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