Parecer

La realidad venció

Por Alexander Rodríguez

Uno de estos días caminaba por las calles de La Romana, el Sol no tenía ningún tipo de misericordia, era un pequeño tirano en las alturas que imponía su castigo a los que desde la tierra han destruido con todo a su alrededor. Llegué a una esquina protegida por un edificio viejo cuya historia nunca ha sido respetada por quienes durante décadas han estado ‘’al frente’’ y cuya altura guardaba a alguna vida del inclemente Sol.

Allí esperaba un vehículo público para  llegar hasta mi casa. Dos personas de mi generación, de unos veinte y tantos años, también se encontraban parados a mi lado a la espera de la ‘’guagua’’.  Venían de la maratónica labor de buscar un trabajo en una popular fábrica de tabaco  de la provincia.

Al llegar el transporte, coincidimos en cercanía y sin ánimos de entrometerme en su conversación y por razones propias del lugar, les escuchaba. Desde la gestión de un ‘’pase directo’’, hasta un trato poco solidario. Desde los pocos pesos en los bolsillos a la angustia implacable de la desesperanza.

No son casos aislados, aunque el poder destine los millones de los contribuyentes para hacernos creer que sí a través de la publicidad de estadísticas que se burlan con una carcajada voraz de esta Nación. La juventud, en cualquier país del mundo dirigido por visionarios, son el centro de las políticas públicas, las bases para construir un futuro fuerte partiendo desde la construcción de oportunidades sobre todo en formación y empleo; tecnología y salud; recreación y deportes. Claro, esto en países dirigidos por visionarios, repito.

En la República Dominicana, un país de ironías donde nada nunca pasa y donde los grupos sociales son recordados casi milagrosamente en las faenas electorales, la juventud  se encuentra en una trinchera en alguna esquina, sobreviviendo con lo poco que el Estado y el sector privado dejan caer de sus manos de oro llenas de riquezas. Las estadísticas, que con criterio científico arrojan resultados, nos desnudan, avisan el colapso de un sistema enfermo de corrupción y nos muestran que un futuro sombrío nos pertenece. Nuestra juventud, el futuro, navega sola en un gigantesco mar sin brújula, el Estado.

Una de las cifras más altas de adolescentes embarazadas en América Latina nos pertenece, al igual que las que ya son madres. Estas se ven obligadas a abandonar sus estudios por su nueva realidad  y a emplearse en unas circunstancias sin las mínimas posibilidades que le permitan generar la oportunidad de mejorar.

Otras inician las relaciones sexuales antes de los 16 años y a la misma edad adquieren ‘’matrimonio’’, generalmente con hombres mayores. Todo esto recae sobre un Estado negado a incluir la educación sexual dentro del currículo educativo de la nación.

La deserción estudiantil en los niveles secundarios y universitarios nubla el panorama. Las razones ya conocidas pasan intocables por el frente de quienes nos gobiernan. La formación técnica no ha jugado su papel ante la problemática y ante esta realidad ‘’las chiripas’’ se convierten en un círculo vicioso que someten y atan a la inmovilidad social.

La burocracia, como regla de un sistema basado en el compañerismo ahogó el motor que mueve las oportunidades. Los egresados de la débil formación técnica y de nuestras universidades la conocen de cerca. Su primer contacto es cuando un joven se aventura a  presentarse a un departamento de recursos humanos y allí se encuentran con la realidad de que en este país, en la mayoría de los casos, se necesita de una ‘’palanca’’ o de ‘’un amigo director ‘’ que te ayude a ‘’conseguir’’ el trabajo. Sumándose la falta de producción y un sector privado que libremente discrimina y excluye.

¡Oh juventud divino tesoro! ¡Oh divino tesoro! ¡Oh juventud! Desde los escenarios exclama algún ‘’líder’’ y desde un costoso anuncio televiso se nos habla de inclusión y oportunidades… ¡Mentiras! Ellos no nos ven como futuro, nos ven como votantes. Pero la realidad siempre vence.

Ya nuestro futuro no está en sus manos, está en las nuestras. Este presente sombrío nos hace el llamado; la indiferencia no puede ser regla ni el cansancio una apatía violenta que nos sepulte en el siempre, de lo contrario la salida para sobrevivir será irse o vivir con esta amarga realidad hasta que llegue la vejez y allí también estemos atrapados.

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