Historiador de la Ciudad

La Segunda Guerra de Higüey

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

En 1503 y años sucesivos tuvieron origen Las Encomiendas. Nicolás de Ovando fue quien ejecutó las medidas recomendadas por los Reyes, pero los indígenas se negaban a trabajar como asalariados y a pagar tributo, provocando una crisis en el sistema de colonización de la isla. Insistió ante los Reyes para que se restablecieran los repartimientos de indígenas o encomiendas. Mientras esperaba la respuesta implantó un procedimiento que sería catastrófico al acusarlos de rebelión; dando como resultado su captura y sometimiento a la más terrible explotación. El cacicazgo de Higüey, con el cacique Cotubanamá a la cabeza, se levantó en armas contra la crueldad a que era sometido su pueblo.

Los acuerdos alcanzados en 1502 tras la Primera Guerra de Higüey fueron violados por los conquistadores en 1504. Los indios de nuevo fueron forzados a transportar el cazabe hacia la ribera del río Ozama. También se continuaba con la práctica de tomar sus mujeres, lo que llevó una frustración constante y un gran enojo, provocando que los indígenas se rebelaran “y quemaran el fuerte matando a todos los españoles exceptuando a uno que escapó de la muerte quien fue y contó lo que había pasado a ellos”.[i]

“Juan de Esquivel construyó un fuerte cercano a la costa dejando en él una dotación de nueve hombres bajo el mando de Martín de Villamán. Los españoles quedaron cada uno con una porción de esclavos”.[ii]

“Juan de Esquivel construyó un fuerte cercano a la costa quemado en 1504 por los indígenas”.[iii]

Esta segunda rebelión indígena de 1504, encabezada por Cotubanamá, fue causada por el abuso de los españoles bajo las órdenes de Villamán, a quienes Juan de Esquivel dejó en una fortaleza de madera en Yuma. La fortaleza fue quemada por los indios quienes dieron muerte a los españoles. Esta acción provocó la segunda incursión de los españoles al cacicazgo de Higüey. En esta ocasión la incursión fue por tierra.

Cuando Ovando fue enterado, de la muerte de los españoles, emprendió la guerra contra el cacicazgo de Higüey. Reclutó tropas de las cuatro villas mayores de la isla: Santiago de los Caballeros, Concepción, Bonao, Santo Domingo e incluyendo las tropas que acababan de llegar con él desde España. Según Las Casas se conformó un ejército de trescientos a cuatrocientos españoles. Muchos llevaron a sus indios esclavos que por miedo y para agradar a sus amos peleaban en su nombre.

En esta parte de la historia debuta Juan Ponce de León como capitán del contingente de Santo Domingo; por la villa de Concepción, La Vega, el nombre era Diego de Escobar; por la villa de Bonao, Las Casas no recordó su nombre. Todas las unidades formaron una columna bajo el mando del capitán general Juan de Esquivel, jefe de las tropas de Santiago de los Caballeros, y se dirigieron al cacicazgo de Higüey.[iv]

“Juan de Esquivel para llegar al lugar designado descendió por grandes montañas matando todos los indios que encontraba a su alrededor sin respetar niños, ancianos ni mujeres”.[v]

La noticia de la llegada de los conquistadores al cacicazgo se extendió de un pueblo al próximo a través de señales de humo. Las mujeres, los niños y los adultos se refugiaron en los lugares más escondidos y montañosos.

“Así que, llegada la gente de los españoles a los límites de aquella provincia, y sentida por las gentes della, hacen por todas partes grandes ahumadas, unos pueblos a otros avisándose; y luego ponían las mujeres y los hijos y viejos en cobro en lo más secreto que ellos hallar podían y sabían de los montes”.[vi]

Los conquistadores obtenían información de los indios cautivos lo que les permitía apresar a los demás. Los indígenas estaban muy mal preparados.

“Esperaban el primer ímpetu de los españoles aventando sus flechas harto de lejos, que cuando llegaban iban tan cansadas que apenas mataran un escarabajo. Desarmadas en los cuerpos desnudos las ballestas principalmente, porque por entonces pocas eran o ningunas las espingardas, viendo caer munchos dellos, luego se iban retrayendo y pocas veces o ninguna esperaban las espadas. Algunos había que, así como le daban la saetada, que le entraba hasta las plumas, con las manos se sacaba la saeta y con los dientes la quebraba; y, escupida, la arrojaba con la mano hacia los españoles como que con aquella injuria que les hacía se vengara; y luego, allí o poco después, caía muerto”.[vii]

Este pasaje nos da una demostración clara del comportamiento de los indios en estado de guerra hacia los españoles. También menciona que las ballestas fueron el arma principal de los españoles y que las escaramuzas en el monte eran abundantes. Un aspecto interesante en la obra de Las Casas es la narración de esta guerra, más por un accidente que por el plan sobre el funcionamiento y la forma de la maquinaria militar española. Los españoles usaban un campamento abierto que constituía una medida defensiva para divisar posibles ataques en masa y que la caballería pudiese actuar mejor.

“Y así fue una vez que trece españoles siguieron un rastro y fueron a dar con mil o dos mil ánimas entre mujeres y niños, chicos y grandes. Llevaban cuatro ballestas y sus rodelas y lanzas y espadas a los cuales acometen los indios muy denodados. Los españoles usaron tanto las ballestas que luego las cuerdas se hacían pedazos. Los indios fatigaban a pedradas y flechazos a los españoles los cuales recibían en las rodelas y adáragas, pero no llegaban junto a ellos para con las porras o macanas hundirles los cascos porque, sólo con que el de la ballesta, que tenía siempre armada, les amagaba como que la quería soltar, ninguno había que se les osase acercar. Y con sólos aquellos ademanes de la ballesta se libraron por maravilla. Se oyó el griterío en el real de los españoles que, yendo de paso, habían cerca de allí aquella tarde parado. Entonces ocurrió que toda la gente del real fueron por el rastro de los trece españoles y llegaron allá; dan en los indios de fresco; desmayan los indios; pónense en huída; hácese gran matanza; y la presa de los cautivos, mujeres y niños y otras edades, fue grande”.[viii]

El campamento español tenía una administración bajo un gobernador y desde él se suministraba comida, atendían a los enfermos y heridos; tenía agua potable almacenada y se reparaban las armas.

La Segunda Guerra de Higüey duró de ocho a diez meses y ocasionó una hambruna en la Isla. El español no sabía elaborar alimentos con la producción agrícola nativa y, en este sentido, era dependiente de los indios y de los embarques caros desde Europa. La falta de sembradíos causó la muerte e inanición de muchos españoles. A pesar de los esfuerzos de Ovando durante la guerra a las tropas siempre les faltó suministros suficientes. El problema de los abastecimientos se resolvió en parte mediante la captura de indios que fueron obligados a buscar guáyigas y solupos que son unas raíces salvajes con las cuales ellos hacían especie de pan.

Terminadas las acciones bélicas y martirizando a los prisioneros se determinó en dónde estaba Cotubanamá:“Cotubanamá al no estar dispuesto a sufrir el maltrato y la opresión de los conquistadores salió huyendo de esos territorios con las personas que quisieron seguirlo y se dirigió a la Isla Saona en donde estableció su gobierno”.[ix]

Cotubanamá, después de una prolongada lucha y consciente de su derrota, se refugió en la isla Adamanay o Saona; junto a su familia, en una cueva grande y allí organizó su gobierno. El dominio de ese cacicazgo lo heredó tras la desaparición de Cayacoa;  quien murió en uno de los primeros combates. Se descarta que ese combate fuera el de la isla Saona, del año 1502, durante la Primera Guerra de Higüey.

“Y ya que sabía que se había pasado a la isleta de Saona, el capitán general, Juan de Esquivel, determinó de seguidle y pasar allá. Para lo cual proveyó que una carabela que proveía el real de pan cazabe e vino y quesos y otras cosas de Castilla, que desta ciudad de Santo Domingo se les enviaba, viniese a cierta parte siendo de noche para que allí tomase la gente que con él había de pasar en la dicha isleta, de manera que el Cotubanamá ni sus espías lo sospechasen”.[x]

Todo lo relativo a los sucesos en las costas de la isla Saona le era informado a Cotubanamá por una red de observadores. Una noche Juan de Esquivel embarcó, junto a cincuenta hombres, con destino a la Saona. Llegó allí al alba, pero ocurrió que las vigilias de Cotubanamá llegaron tarde, el día previo al desembarco de la carabela, porque no habían observado movimiento en la mar. De veinte a treinta españoles habían desembarcado en la Saona y los indios no sabían de su presencia.

“Una noche, embarcóse Juan de Esquivel con cincuenta hombres en la tierra frontera de la isla que, como he dicho, estaba della dos leguas de mar, y fue a desembarcar ya casi que amanecía. Los espías, que eran dos indios, tardáronse; por manera que saltaron en la isla primero veinte o treinta españoles y subieron a cierta peña muy alta poco antes que los espías a especular la mar y carabela llegasen”.[xi]

Esta tierra frontera, como le llama Las Casas, es la costa Sur del Parque Nacional del Este, que da al canal de Catuano, que la separa de la isla Saona. En la pacificación la isleta de la Saona quedó, completamente, despoblada[xii].

Los dos indios espías celadores de la costa de la Saona fueron capturados y llevados ante la presencia de Juan de Esquivel. Este preguntó que dónde se encontraba Cotubanamá a lo que uno de ellos respondió que él estaba patrullando cerca de allí. Juan de Esquivel sacó su daga y la clavó en el indio dándole muerte y el otro cautivo, metido en miedo, lo guió hacia donde Cotubanamá se encontraba. Los conquistadores se repartieron las trochas o caminos y todos querían ser los captores o matadores de Cotubanamá. Juan de Esquivel tomó un sendero a la izquierda y muy pronto se encontró con una docena de indios grandes y bien armados. Los indios, al creer que habían encontrado una cuadrilla entera de conquistadores, se prepararon para descargar sus flechas y, justo en ese momento, Juan de Esquivel se apresuró a preguntar por Cotubanamá.

Los taínos respondieron: “¿lo ves?, viene detrás”[xiii]. Juan de Esquivel, con su espada en la mano, pasó entre ellos; quedó Cotubanamá sorprendido y capturado.

“Cotubanamá fue herido en una mano con una espada y los indios que le acompañaban salieron huyendo aterrorizados y Cotubanamá quedó solo. Al verse herido y abandonado él atacó a su victimario. En la lucha cuerpo a cuerpo fue vencido”.[xiv]

Cotubanamá fue llevado a la presencia de Nicolás de Ovando quien ordenó ejecutarlo en la horca junto a su familia. Su valor y corpulencia son legendarios y una calle de la ciudad de Higüey lleva su nombre.

Algunos caciques hicieron guaitiao[xv] con jefes españoles. Creían en ese compromiso de manera tan absoluta que Cotubanamá, cuando fue llevado al pie de la horca dijo:

“Mayanimacaná, Juan Desquivel daca”; esto es: “No me mates, porque yo soy Juan de Esquivel”.[xvi]

Juan de Esquivel pidió a Ovando que no ahorcase al valeroso Cotubanamá y que se le perdonara la vida, pero su petición fue rechazada.[xvii]

Con el encarcelamiento y ejecución de Cotubanamá cesó la resistencia india de la Isla. Los aborígenes fueron sometidos a un régimen de intensa explotación. El término de la Segunda Guerra de Higüey marcó el extremo de la conquista de la Isla: una guerra intermitente que había durado doce años.

“Preso y muerto este señor Cotubanamá y hechas las crueldades que por ocho o diez meses que esta guerra duró en ella se perpetraron, cayeron todas las fuerzas de todas las gentes desta isla, que todas juntas eran harto pocas, y los pensamientos y esperanza de nunca tener remedio”.[xviii]

“Y así quedó toda esta isla pacífica, si pacífica se pudiera con verdad decir, quedando los españoles en tanta guerra con Dios, por la gran libertad en que quedaron para oprimir a estas gentes a su placer sin embargo ni impedimento alguno, chico ni grande, que se les pusiese y nadie les resistiese”.[xix]

Con la muerte de Cotubanamá terminó el gobierno del último de los cinco caciques principales que hubo en Quisqueya: “Los territorios que habían sido gobernados por Cotubanamá fueron repartidos a los españoles y sus indios sometidos a una completa esclavitud”.[xx]

En una carta de 1517 varios padres de las órdenes de Santo Domingo y San Francisco, residentes en la isla Española, narran a Monsieur de Xebres[xxi] lo contado a ellos por Las Casas sobre la matanza de Iguey”.

La lectura de una parte in extensa de este documento es interesante. En él queda revelado lo cruenta de la conquista del cacicazgo de Higüey.

“Fue otra manera de matarlos esta, que fue muy cruel, por la cual murieron muy cruelmente muchos indios. Para lo cual ha de saber V. M. I. S. que en esta tierra ha habido dos guerras questán nombradas, a los indios que en estas se cautivaron llámanlos esclavos, e vista la verdad por sus principios, juzgará V. M. I. S. si lo son o no; la una llaman de Iguey e la otra de Xaragua. La de Iguey fue de esta manera. Aconteció que los cristianos labraban una fortaleza aquí en este pueblo de Santo Domingo, que es el principal desta isla, para la cual habían menester tener cazabe, que es el pan desta tierra, que se elabora a cuarenta leguas de aquí o treinta, en la punta desta isla, la primera tierra viniendo de Castilla, está un pueblo que se llama Iguey, en el cual estaba un cacique harto principal desta tierra que tenía muchas labranzas de pan. Enviáronle a decir que proveyese de pan para labrar esta fortaleza, e respondió que le placía, e así enviaron un capitán por la mar con una carabela que se llamaba Salamanca, e los indios por mandado de su cacique se la cargaron de pan con mucho placer. Hartas veces acaeció queste Salamanca, por mostrar la ferocidad o crueldad de los cristianos, llevó consigo en un viaje un perro de los que arriba dije que tenían enseñados a desbarrigar indios; e saliendo a la playa sacó consigo el perro y andaba el cacique con su gente por la playa, e Salamanca acercóles el perro, e por su desgracia fue a topar con el mismo cacique, el cual antes que el perro le dejase, quedó desbarrigado, de forma que no vivió sino tres días. Viendo los indios su cacique tan mal tratado, allende de las otras injurias que comúnmente recibían, que eran tomarles sus mujeres e hijas e cosas, dijeron al Salamanca que se fuese, que no les placía su compañía, e que no volviese él ni otro cristiano a su tierra, e así se alzaron. Llaman los cristianos estar alzados, cuando no podían andar seguramente entre ellos, haciéndoles las injusticias y agravios que solían. En este medio tiempo, pasó por allí otro capitán, en una carabela, e sabiendo que los indios estaban por esta manera, quiso entrar en la tierra con otros tres cristianos, confiado de la simplicidad de los indios, a los cuales los indios mataron e a otros tres, que también habían en tierra, en una isleta que llaman la Saona. Juzgue, pues, V. M. I. S. si estos indios tuvieron causa justa de hacer lo que hicieron tomándoles sus mujeres e hijas e cosas, matándoles cruelmente a su señor; de todo ello no hallando quien les hiciese justicia en la tierra”.

“En este tiempo desta guerra e de la otra que diremos, era gobernador el Comendador mayor, e así verá de cuya parte fue la guerra justa; así que por este caso, se movieron a hacer guerra a todos los de aquella parte, e no ha de entender V. M. I. S., en esta guerra que los indios peleaban, que ni tenían armas ni maña, sino desnudos, en carne; y fueron tantas las crueldades que pasaron, que solo el día del Juicio se podrán conocer: tomar de noche en un bohío, que es una casa de paja, quinientos y mil dellos, e guardar las puertas, e ponerles luego de día a cuchinadas, como estaban, desnudos, acuchillarlos e irse; a los que tomaban por el camino, cortaban a más las manos, e labrábanlos, e enviábanlos diciéndoles: «Id con cartas a los otros.» Hacían parrillas de madera e quemábanlos vivos, e porque no diesen gritos, metíanlos palos en la boca: envolvíanlos en paja, e poníanlos fuego, para ver cómo iban ardiendo; mandábanlos despeñar de altas peñas, e ellos, de miedo que habían de los cristianos, lo hacían. Ahorcaron una vez, de una cumbre de un bohío, diez y siete caciques juntos. Enviábalos a llamar aquí a esta ciudad el Comendador mayor sobre seguro, e mandábalos despeñar a la mar en una costa, que es aquí muy brava”.

“Estas crueldades, M. I. S., e otras muy muchas, que contar no se pueden, fueron hechas en estas tristes gentes. Todas estas cosas sobredichas e otras que luego diremos, cuando dijéremos de la otra guerra de Xaragua, supimos por relación de uno que entre los primeros cristianos vino a esta tierra con el Almirante viejo, cuando vino a poblar, el cual se metió fraile en esta casa de Santo Domingo, e añadía diciendo: «Esto que digo es de vista, que yo mismo me hallé en ello; empero si tomáis a otro que es de mi tiempo, os dirá otras tantas cosas distintas de las mías, que yo no os digo todo lo que alcanzo; pero presuponed que destas gentes no hacíamos más caso que de perros, ni les sabíamos llamar otro nombre”.

“Entre otras crueldades dijo una digna de ser muy estimada; e fue que cuando llevaban de aquellas gentes cautivas algunas mujeres paridas, por solo que lloraban los niños los tomaban por las piernas e los aporreaban en las peñas o los arrojaban en los montes, porque allí se muriesen. E entre otros acaeció que una vez cerca de un río tomó un mal hombre castellano un niño de los brazos de su madre por la pierna e echólo en el río, e allí mostró Dios un milagro, que se anduvo el niño por cerca de media hora como corcho sobre el agua, que no se hundió; en tal manera, que viendo el milagro entraron otros por él e diéronlo a la madre. Esto no fue bastante a quebrantar la malicia de los desventurados cristianos; tornó el niño a llorar e tomole aquel otro por las piernas e aporreólo en una peña”.

“Fueron tantas las crueldades, que no llevan parte ni cuento, ni se pueden acabar sin muy grande prolijidad; por tanto, despedidos desta guerra venimos a la otra que se llama de Xaragua. Acaeció eso mismo, M.I.S., en esta isla en tiempo del Almirante viejo, que estaba aquí uno con él que se llamada Francisco Roldan el cual por no estar sujeto al Almirante o por mandar él en su parte en la isla, alzóse con parte de la gente que el Almirante viejo tenia e como esta isla es muy grande, que tiene de largo doscientas leguas, estando el Almirante con la gente hacia la parte de Levante en esta isla, fuese él hacia la parte del Poniente, que se dice la provincia de Xaragua, e aunque en aquellas parte desta isla no hay oro, empero los indios tenían aquella por la más principal parte de la isla, donde había muchos e grandes caciques, mucho de comer, muchas mujeres hermosas, etc., que eran todas cosas que aquellos fugitivos habían menester para tender sus velas por los vicios, e todos los que acá en las partes do estaba el Almirante viejo hacían algunos insultos, se acogían con el otro alzado; e como no castigaba los vicios, más antes los favorecía para que se le allegase gente, cada uno hacia entre los indios lo que le parecía e placía, principalmente en comerles sus haciendas e tomarles sus mujeres e hijas, de forma que los indios muchas veces si pudieran los mataran, por las injurias que dellos recibían, sino que no osaban por el miedo que les tenían”.

“Acaeció que el Almirante viejo, por los daños queste en la tierra hacia, tuvo por bien de reconciliar con él, e así lo hizo. Venido, pues, el Francisco Roldan con toda la gente de aquellas partes, e juntándose todos con el Almirante, quedaron con él allá cuatro o cinco cristianos que no quisieron venir, porque tenían allá mucho aparejo para sus vicios, a los cuales ellos se daban no más ni menos que antes cuando allá estaba el Francisco Roldan; por lo cual los indios los mataron”.

“Vistas estas e semejantes obras, que los de nuestra nación hacían en los indios, puede V. M. I. S. considerar si los indios con razón e justicia se debieron apartar de los cristianos e alzarse e resistirles, pues el derecho natural a ello les obligaba, principalmente que en ningún tiempo dejaron de tratar los cristianos a los indios sino peor que brutos animales. E por tanto, decían los indios entre sí, que si allá tomaban al Comendador mayor, que era aquí gobernador, que lo habían de matar. Sabiendo esto el Comendador mayor, va allá, no con pensamiento de amansarlos, que muy fácilmente pudiera, más con gana que tenia de destruirlos, e llevó consigo toda la gente que pudo, que fueron hasta sesenta de caballo e muchos peones, que era gente no solo para amansarlos, empero para tomar tres islas como esta, cuando estaba en su prosperidad, según es la mansedumbre de la gente; e mandó llamar a todos los caciques de aquella comarca a la provincia de Xaragua donde está una gran señora que se llamaba Anacaona, a la cual todos hacían acatamiento; e llamados sobre seguro, ellos todos vinieron pacífica e seguramente, e mucha multitud dellos, porque son gentes que se fian y creen de ligero, e fácilmente los engañan; trajeron muchos presentes al Comendador mayor, que se llama Nicolás de Ovando, y él mandó entrar todos los principales en un bohío, y él metióse con ellos; e aún llevaba puesto un gumin en los pechos muy grande, que es una joya de oro que los indios tienen acá por muy preciada cosa, diciendo que le había de dar a la Ana Caona, y desde que los tuvo dentro, salióse dejándolos a todos dentro; e tomáronles la puerta la gente del Comendador mayor, que para esto estaba aparejada porque no hiciesen, e mandó atar sesenta caciques a otros tantos palos de bohío o casa donde los tenia encerrados, entre los cuales había alguno que no llegaba a la edad de diez años, e mandó poner fuego al bohío e quemólos todos dentro, e mandó hacer una horca e ahorcar aquella gran señora, que se llamaba Anacaona, e los demás mandólos dar por esclavos”.

“De aquí puede V. M. I. S. juzgar de parte de quién fue la guerra justa, e según los grandes estragos queste Comendador mayor hizo en estas gentes, su intento no era sino apocarlos de tal manera, que pudiesen los cristianos tenerlos tan subyugados e tan sujetos que no pudiesen alzar sus pensamientos más de a morir trabajando en servicio de los cristianos, e pudiese un solo cristiano mandar a cincuenta e a cien sin temor alguno, como de hecho después se siguió. Los que fueron causa destas muertes todas que hemos dicho, M. I. S., fueron principalmente dos gobernadores que después del Almirante viejo vinieron a esta isla; el uno dellos se llamaba Bobadilla, e este estuvo poco tiempo; el otro fue el Comendador mayor, que arriba tenemos dicho, que se llama Nicolás de Ovando, en el tiempo del cual acaecieron cuasi todos los estragos sobredichos. Y si en el tiempo del Almirante viejo algunos daños acaecieron, más fue por no tener la gente cristiana tanto a su mandar cuanto fuera razón; lo uno por ser la tierra muy grande e los cristianos andaban derramados por toda ella, e no podían bien obviar a sus males; lo segundo, porque como dicho hemos, gran parte de los cristianos se le alzaron e rebelaron con aquel sobredicho Francisco Roldan. Empero según todos los que en aquel tiempo le conocieron gobernar la tierra, dicen de él que tenía a los indios amor como a sus propios hijos; e que tocarle a ellos para maltratarlos, era tocarle a él en los ojos. E así sin rigor ni fuerza alguna los animaba e animó a que viniesen pagando algún tributo a su rey, el nuestro, el cual pagaron por hartos años cada cual de los caciques o señores de la tierra, según que en las partes no moraban se podían hallar bienes con que al rey pudiesen servir, los que con algodón daban algodón, e otros oro que en sus propias tierras cogían, e así de todas las otras cosas, según que dicho es. Por manera, que no eran compelidos a salir de sus tierras, como después de la ida deste gobernador se siguió e hasta ahora dura, que acogiéndolos todos a los lugares donde el oro nace, fuera de sus tierras, muy amargamente han hecho muy triste fin de sus vidas e animas”.

“Después de todas estas cosas, M. I. S., vino el número de los indios a apocarse de tal manera, que ya los cristianos pensaron que bien e seguramente los podían repartir entre sí para servirse dellos, como de hecho lo hicieron. E este repartimiento, M. I. S., se comenzó por esta manera: quel Comendador mayor sobredicho con todo el otro pueblo cristiano que acá estaba hicieron una información a la muy Católica reina, de gran memoria, D. Isabel, que Nuestro Señor tenga en su gloria, diciéndole que por ninguna manera estos indios podrían ser cristianos ni venir al conocimiento de nuestra santa fe católica, sino venían al poder de los cristianos, e así conversando con ellos verían las cosas de nuestra fe e tomarlas iban. Este fue el color que los cristianos tuvieron para servirse de los indios; pero en la verdad, M. I. S., no era la que ellos decían, según el efecto que después se siguió, que fue echarles las ánimas a los infiernos, porque así han muerto sin conocimiento alguno de fe que los cristianos les diesen, e los cuerpos al muladar, sino henchirse de oro sus bolsas e voluntades para retornar ellos ricos a Castilla e dejar la tierra destruida e disipada, como ha quedado. La muy Católica reina respondió, que le parecía bien que los indios viniesen en compañía de los cristianos por esta manera: que mirasen los caciques e señores que en la tierra había, e vista la gente que cada cual dellos tenía, que le determinasen un cierto número de hombres para que fuesen compelidos a venir a trabajar con los cristianos e a conversar con ellos, con la intención que arriba habremos dicho, conviene a saber, que recibiesen la fe; empero que se les guardase toda manera de libertad, pagándoles su jornal e salario a cada cual, según la calidad de trabajo e de la tierra, e que aquellos cansados o fatigados, que se fuesen a su señor e viniesen otros; de forma que siempre hubiese indios envueltos con los cristianos, e así podrían todos ellos, andando el tiempo, venir en conocimiento de nuestra santa fe católica”.

Horripilante testimonio de aquellas guerras en que se marca la frontera entre la conquista y la colonización. La Primera Guerra de Higüey ocurrió en abril de 1502, cuando el gobierno de Bobadilla; la Segunda Guerra de Higüey fue en 1504, durante el gobierno de Ovando, y duró de ocho a diez meses: “Preso y muerto este señor Cotubanamá y hechas las crueldades que por ocho o diez meses que esta guerra duró…”.[xxii]


[i] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

[ii] Ibídem.

[iii] Turner, Samuel. Loc. Cit.

[iv] Juan de Esquivel luego de construir la fortaleza en Yuma se fue a Santiago de los Caballeros como jefe de la guarnición militar. En el Higüey de Yuma, hasta ese momento, no había fundación de villa sino una fortaleza con nueve españoles. En el cacicazgo estamos entonces en época de conquista y no de colonización porque en el Higüey de Yuma no había iglesia ni población civil.

[v] Enciclopedia Dominicana, Tomo III, pág. 110

[vi] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

[vii] Ibídem.

[viii] Ibídem.

[ix] Enciclopedia Dominicana, Op. Cit, Pág. 212

[x] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

[xi] Ibídem.

[xii] OrtwinSauer Carl: Descubrimiento y Dominación Española del Caribe. Pág. 225. Editora Corripio. 1993

[xiii] Enciclopedia Dominicana. Loc. Cit.

[xiv] Ibídem.

[xv] Guaitiao era un pacto equivalente a condición de hermanos de sangre. Intercambio de nombres.

[xvi] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

[xvii] De Jesús Galván, Manuel. Obra Enriquillo. 1882: “Las Casas por su parte, no estando ya retenido en la capital por el noble interés de ayudar a Méndez en su ardua empresa de hacer entrar en razón al Comendador, pidió a éste licencia para ir a Higüey a compartir los trabajos de la expedición contra los indios sublevados. Bien recordó Ovando la solicitud idéntica que le hizo el Licenciado en Jaraguá, cuando quiso asistir a la guerra del Bahoruco; pero esta vez estaba, completamente, seguro de que los esfuerzos caritativos de Las Casas serían estériles, y que sus sanguinarias instrucciones a Esquivel tendrían puntual ejecución al pie de la letra. Por consiguiente, concedió de buen grado y con sarcástica sonrisa la licencia que se le pedía, contento en su interior de los trabajos que el generoso joven iba a arrostrar en Higüey, para recoger el amargo desengaño de que nadie le hiciera caso. Efectivamente, Las Casas no hizo en aquella guerra de devastación y exterminio sino el papel, nada grato para su compasivo corazón, de espectador y testigo de las más sangrientas escenas de crueldad, contra las que en vano levantaba su elocuente voz para evitarlas o atemperar el furor implacable de Esquivel y sus soldados. Todo se llevó a sangre y fuego: la espada y la horca exterminaron a porfía millares y millares de indios de todas clases y sexos. Inútilmente, se ilustró aquella raza infeliz con actos de sublime abnegación inspirados por el valor y el patriotismo. El caudillo español, con sus cuatrocientos hombres cubiertos de acero, y algunas milicias de indios escogidos en la sumisa e inmediata provincia de Icayagua, no menos valerosos y aguerridos que los higüeyanos, todo lo arrolló y devastó en aquel territorio, que ofrecía además pocas escarpaduras inaccesibles y lugares defendidos. El jefe rebelde Cotubanamá, cuya intrepidez heroica asombraba a los españoles, reducido al último extremo, habiendo visto caer a su lado a casi todos sus guerreros, se refugió en la isla Saona, contigua a la costa de Higüey; permaneció allí oculto algunos días, y al cabo fue sorprendido y preso por los soldados de Esquivel, a pesar de la desesperada resistencia que les opuso. Conducido a Santo Domingo, no valió la empeñada recomendación de su vencedor, movido sin duda por un resto de la antigua amistad que profesaba al valeroso cacique, para que se le perdonara la vida; y el inexorable Ovando lo hizo ahorcar, públicamente. Las Casas había regresado a la capital, no bien terminó la campaña, con el alma enferma y llena de horror por las atrocidades indecibles que había presenciado en la llamada guerra de Higüey. —Buenas cosas habréis visto, señor Las Casas —dijo el Comendador con cruel ironía al presentársele el Licenciado. —Ya las contaré a quien conviene —respondió el filántropo. — ¿A quién? —repuso, altivamente, Ovando. — ¡A la posteridad! —replicó mirándole, fijamente, Las Casas”.

[xviii] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

[xix] Ibídem.

[xx] Enciclopedia Dominicana. Loc. Cit.

[xxi] El diablo en persona según Unamuno. Se trata de Guillaume de Croy, Monsieur de Chièvres (castellanizado a veces como Xevres o Xebres). En Papeles tocantes del emperador Carlos 5º. En Biblioteca Nacional de Madrid. Ms. 1751, fols. 216-223, se puede leer: “El Rey Carlos entro en España… Rey della después de la muerte del Rey Don Felipe su Padre y en vida della Reyna Doña Juana su madre, en fin, del año mil y quinientos dieciséis. Tuvo consigo por mayo un flamenco llamado Monsieur de Xebres que fue causa de las alteraciones destosreynos que llamaron comunidades las quales se empezaron desta manera…Este Monsieur de Xebresgovernava al Rey que por su tierna edad hera hombre savio más sediento por dinero… este Monsieur de Xebrespareciendolevien los dava dos de a dos una moneda que el Rey Don Hernando y la Reyna Doña Isabel mandaron labrar en la corte y en todas las más ciudades y villas destosreynos con costales llenos de reales y dava veinte y tres reales por un ducado valiendo el virrey dos de manera que en pocos dias los apoco y el que quedo hizieronse un villancico que decía: Señor Ducado de a Dos no topo Xevres con vos”.

[xxii] De Las Casas, Bartolomé. Loc. Cit.

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