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La superación de los grandes retos de la región Este: ausente en la agenda del gobierno

Por Ángel Morla

Desde hace tiempo que se escucha una alegación ruidosa sobre la región Este. Tal enunciación, palabras más o menos, contiene lo siguiente: “Los del este no necesitan mucho del Estado; para ahí ni hay que mirar”. Por un amplio lapso, la patria duartiana ha constatado las capacidades de producción agropecuaria de las localidades orientales del país; y de ahí ha desembocado una creencia extensa, que vendría bien llamar “el mito de la permanente bonanza oriental”.

La geomorfología, el hecho de vivir en una llanura amplísima, ha servido para que la crianza de ganado y la agricultura se den en terrenos extensos. Ya sabrá el lector, si vive por aquí y hasta si no lo hace, incluso por las lecciones de historia dominicana en las escuelas, que si de producir carne, leche y ciertos productos agrícolas se trata las provincias del Yuma (La Romana, La Altagracia, El Seibo), y las del Higüamo (Hato Mayor, San Pedro de Macorís y Monte Plata) mereció un sitial importante, por lo menos en el pasado reciente, tomando en cuenta la merma y el abandono del campo en las últimas décadas.

Estas demarcaciones costeras, cual casos análogos a las civilizaciones crecientes a las orillas de los ríos Tigris y Éufrates, nacieron bajo la sombra de caudales que alguna vez los obstáculos entrecruzados. Si alguno es jurista y ha leído el Código Civil dominicano, instrumento jurídico antiquísimo para regular la vida entre los dominicanos con relación a su patrimonio, habrá constatado la presencia del aluvión, o sea, cuando las aguas desgarran la integridad de un terreno ribereño, llevándolo con su fuerza a las inmediaciones de otro propietario.

Así mismo se ha pillado el tiempo el trofeo de las villas orientales ─y digo villas recordando la célebre expresión del historiador higüeyano Ernesto Rivera ‘Duque’, quien dice haber nacido, refiriéndose a San Dionisio, “cuando Higüey era un caserío alrededor del templo nacional o una mariposa combatida por la brisa─. Hemos presenciado desvanecer la gloria del honor local, no por el cese de la “bonanza”, si no porque, en sí, la bonanza, desigual por costumbre, se habría esfumado con las órdenes de pago de tributos. Ese escape de capital, siempre con la promesa de la virtual devolución en bienes y servicios básicos para beneficio de los habitantes, todos bañados por los ríos locales, que no poseen sino una larga cadena de asentamientos humanos.

Con el desfile interminable de habitantes ribereños de la periferia se crecen los más graves dolores de cabeza sociales para el Este. La pobreza, protagonista del drama en su forma extrema, tiene manifestaciones diversas. Adicionalmente, hay otro factor importante coordinado a aquella: la desigualdad. Hay personas que no tienen  recursos, ni económicos ni de algún otro tipo, suficientes para subsistir; otros, por lo contrario, tienen mucho, demasiado.

Es así que la pobreza, para ir entendiendo mejor, es, de acuerdo a la definición que ofrece la Real Academia de la Lengua, escasez, carencia; mientras, la desigualdad es esa honda brecha entre ciudadanos; un espacio que separa a los seres humanos. Son estos, pues, problemas graves para la humanidad. Y merecen un tratamiento que tenga como medio necesario la conjunción de voluntades, esfuerzos, trabajo, etc. Desde 1945, más que eso le ha sobrado a la comunidad internacional, por encima de los errores y los desaciertos, la estructuración y la planeación global. Con técnicas adecuadas para los fines comunes de todos los países, ha sido posible llegar a un lenguaje más o menos inteligible, aunque heterogéneo. Hoy puede decirse que el mundo, para hablar de lo que sueña, se comunica sin problemas.

La Organización de las Naciones Unidas, como estandarte de la comunidad internacional habría procurado la coordinación de los esfuerzos, hechos planes, de los países para poner frente  a situaciones que traban las aspiraciones de todo pueblo de la Tierra. Ya conocerá el lector que el año 2000 vio iniciar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Al finalizar los primeros quince años (periodo 2000-2015) surgió la conveniencia de matizar el enfoque del desarrollo; de ahí que se formularan los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Se trata de diecisiete objetivos con los que los pueblos del planeta podrían entrar en un punto de equilibrio de la convivencia humana, habitar un planeta en control de los diversos riesgos y amenazas. Estos objetivos son parte, según recoge ONU-Perú, de la Agenda 2030, para enfrentar, en síntesis, pobreza, desigualdad y cambio climático.

Cada objetivo tiene unas metas, pero, sin entrar en mucho detalle por ahora, nos limitaremos a enunciarlo: 1) Fin de la pobreza; 2) Hambre cero; 3) Salud y bienestar; 4) Educación de calidad; 5) Igualdad de género; 6) Agua limpia y saneamiento; 7) Energía asequible y no contaminante; 8) Trabajo decente y crecimiento económico; 9) Industria, innovación e infraestructura; 10)  Reducción de las desigualdades; 11) Ciudades y comunidades sostenibles; 12) Producción y consumo responsables; 13) Acción por el clima; 14) Vida submarina; 15) Vida de ecosistemas terrestres; 16) Paz, justicia e instituciones sólidas; y, 17) Alianzas para lograr los objetivos.

Todo muy prometedor, y debe reconocerse, posible y probable. Cualquier humano, de cualquier rincón del mundo, lo vería como panacea. Como habitante del Yuma, vecino del Higüamo, reconocemos ausencias en todos esos contextos, desde el más fundamental, como el agua ─y ha he dicho ciertas consideraciones sobre el agua en artículos anteriores─, hasta el ideal de la convivencia humana, el objetivo 16 (Paz, Justicia e Instituciones Sólidas). Estoy refiriéndome a que desde San Pedro de Macorís al entorno más limítrofe de La Altagracia, el trabajo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible es imperceptible, y hasta ilegible. Ni lo vemos, escuchamos o sentimos, ni lo encontramos en medios de comunicación escrita. Si bien se trata de un modelo que tiene dos año, no se trata de algo eventualmente nuevo. Nos lo debe la Cuarta República (Estado dominicano de 1961 a 2018) ─para algunos ya la Quinta República─.

En fin, los problemas ya dichos, para discriminar positivamente, son “trabajados” en las zonas prioritarias, parece, en la zona sur. Pero me temo que la prioridad absoluta es un tanto nociva. En nuestras “civilizaciones” orientales lo estamos evidenciando. Porque, el Estado dominicano no vuelca su mirada a la derecha. A la sede de las políticas, ciudad Santo Domingo de Guzmán, capital de la República, no parece llegar la correspondencia local (si es que se despachan cartas desde aquí). Pero, atento, amigo lector, nos enteraremos de todo esto.

¡Alerta!

Ver, sobre los ODS:

(1) http://onu.org.pe/ods/;

(2) http://www.undp.org/content/undp/es/home/sustainable-development-goals.html

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