Historiador de la Ciudad

Las navidades o posadas en Higüey

Francisco Guerrero Castro, historiador.

En diciembre del año 1919, el cura Pedro Rodríguez, quien había sustituido a Felipe E. Sanabia, conmemoró por última vez Las Posadas1.

Esta festividad se realizaba desde los tiempos de la colonia hasta la invasión haitiana, del 1822; luego, en el 1864, la había conmemorado Gregorio Benicarló que era el cura párroco de San Dionisio.

Las Posadas comenzaban el día 16 de diciembre, nueve días antes de la Navidad, simbolizaban el recorrido que hicieron María y José cuando tuvieron que salir de Nazaret para cumplir con un edicto u orden del emperador César Augusto. Se les ordenaba, a los habitantes de Judea, acudir a empadronarse, en las ciudades de origen, con el propósito de censarlos. José era descendiente de David, nativo de Belén, por lo que la pareja tuvo que ir a esa población. Como María estaba embarazada, pronto nacería su hijo Jesús, empezaron a buscar un lugar en donde hospedarse y, al no encontrarlo, María tuvo a su hijo en un establo.

En Higüey, del 16 al 24 de diciembre, noche por noche, las calles eran adornadas, con palmas. Había personas que representaban a José y a María causando mayor emotividad entre los asistentes. Otros le seguían llevando una vela encendida para iluminar el camino y todos respondían a las letanías. A cada nombre, que alguien entonaba, las personas respondían “ora pro nobis”, que quiere decir, “ora por nosotros”.

Llegados, a la puerta de la iglesia San Dionisio, se terminaba la letanía y se pedía posada. Algunos adentro y otros afuera, de la iglesia, cantaban versos, en donde, los de afuera, pedían posada y, los de adentro, no se la daban; hasta llegar al último verso. Entonces se abría la puerta y todos entraban. Con gran alboroto se recibía a los asistentes al mismo tiempo que todos cantaban: “Entren, Santos Peregrinos, reciban este rincón, que aunque es pobre la morada, se la doy de corazón”. Algunas veces también se cantaban estos versos: “Oh, peregrina agraciada, oh, bellísima María. Yo te ofrezco el alma mía para que tengas posada”. “Humildes peregrinos Jesús, María y José, el alma doy por ellos, mi corazón también”. “Cantemos con alegría todos al considerar que Jesús, José y María nos vinieron a honrar”. Luego se rezaba el rosario y se entonaban cantos, acompañados del órgano, panderos y silbatos. Terminada la actividad compartían en el atrio de la iglesia pan y jengibre.

[1] De un folletito del 1920 sin autor y que guardó muchos años mi bisabuela Octavia Reyes Sánchez, Hermelinda.

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