Especial

Letras de jurista – Las bibliotecas de Alejandría y Pérgamo

Por Idalia Guerrero

A lo lejos se vislumbran luces que guían al viajero hacia las costas. Es el faro de Alejandría, ciudad de Egipto fundada por Alejandro Magno y a quien le debe su nombre. Los viajeros desembarcan, pero antes de entrar a la ciudad son requisados minuciosamente. Uno de ellos trae un libro original entre sus pertenencias, el cual le es decomisado ahí mismo. ¿Razones para hacer esto? Una sola, y es que ese libro debe estar en la biblioteca de Alejandría.

El gran Alejandro soñó con una inmensa biblioteca, obra que no pudo ver coronada porque la muerte no se lo permitió (323 a.C). Sin embargo, su general, llamado Ptolomeo I, y luego su dinastía, la terminaron, siendo esta biblioteca en esa época el referente por excelencia para obtener conocimientos. Se dice que albergaba más de 400,000 ejemplares (otros dicen que más de 700 mil) y que de allí salieron teorías de los grandes sabios de la época. Para muestra de su grandeza y prestigio, un médico que hubiera estudiado en Alejandría tenía asegurado su trabajo. Demetrio de Falero, encargado de la biblioteca, ante la pregunta del rey de “¿Cuántas decenas de miles de volúmenes hay? Respondió: “Más de veinte, majestad, pero voy a realizar todas las diligencias necesarias para llegar a los quinientos mil”.[1]

Estando establecida en Egipto, todos los escritos estaban hechos con papiro, planta antigua que se da en las riberas del Nilo. Esto le aseguró a la biblioteca de Alejandría tener el monopolio sobre cualquiera otra que le quisiera hacer sombra. Ante la posibilidad de que una de ellas le sobrepasara, la exportación del papiro fue restringida. Ante tal hazaña, otra biblioteca y que era su principal rival, ideó el uso de la piel de animales para escribir sus obras. Había nacido el pergamino, nombre que trajo por la biblioteca que lo inventó: Pérgamo, con una cantidad que se estima en más de 200 mil títulos y que fue obra del rey Atalo I y expandida por su hijo Eumenes II.

No solo era la cantidad de manuscritos lo que hacía la diferencia entre ambas, sino el pensamiento que irradiaban los que la frecuentaban. En la de Alejandría la profundización de los temas era de corte filosófico, mientras que en la de Pérgamo se iba por un sentido gramatical de las cosas e influida por la filosofía estoica. En las salas de la Biblioteca de Alejandría desfilaron filósofos de las tallas de Arquímedes, Hipatia de Alejandría, Hipócrates, Galeno… Muchas de cuyas teorías llegan hasta nuestros días. En los anaqueles de las de Pérgamo se guardaron celosamente por más de 100 años los manuscritos de Aristóteles, saliendo a la luz cuando Cicerón decidió editarlos para todo aquel interesado en leerlos.

De la biblioteca de Alejandría han salido historias interesantes como aquella de que iban tras la caza de obras originales, sin importar el precio ni el modo de obtenerlas, contándose una que dio lugar a la frase copia estatal cuando Ptolomeo III le solicitó a la ciudad de Atenas los textos de los Trágicos Áticos, teniendo que dar como depósito quince talentos. Para quedarse con el original utilizó la artimaña de olvidarse del depósito y no devolvió los textos. También se dice que el Antiguo Testamento fue traducido del hebreo al griego y que la traducción coincidió hasta en las cosas más singulares.

Hoy no queda nada de ambas. La de Alejandría ofrece más preguntas que respuestas. De su destrucción hay varias hipótesis, entre ellas que fue destruida por Julio César cuando arrasó la ciudad. Otros se aventuran a decir que Augusto fue que acabó con Alejandría cuando este se dedicó a perseguir a Cleopatra y Marco Antonio. Una tercera hipótesis dice que fueron unos monjes cristianos quienes la quemaron para que de toda la tradición pagana romana no quedara nada.

En cuanto a Pérgamo, se dice que fue saqueada y que sus rollos fueron a parar en manos de la reina egipcia como regalo de bodas de su amado, por lo que una vez más fue avasallada por la gran Alejandría. En Berlín queda el Museo de Pérgamo, en el cual se puede ver lo floreciente que fue aquella ciudad. Alejandría ofrece un panorama desolador y muy diferente de lo que fue la ciudad soñada por el gran Alejandro Magno.

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La autora es licenciada en Derecho, con maestría en Derecho Procesal Penal, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

Máster en Ciencias Forenses de la Universidad de Valencia, España

Máster en Medicina Legal Forense de la Universidad de Valencia, España

Directora del instituto forense Justicia Investigativa IG71

[1] Esta frase se encuentra en la Carta de Aristeo, citado por VIZCAÍNO, Candela. 6 de octubre del 2014. La Antigua Biblioteca de
Alejandría, una historia desde su fundación hasta su destrucción y quema. Disponible en: www.candelavizcaino.es

Véase

AMÁN, Mohammed. Primer semestre 2001. El legado de Alejandro Magno. LA ANTIGUA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA. Revista La Tadeo, No. 65. Disponible en: http://avalon.utadeo.edu.co/dependencias/publicaciones/tadeo_65/65030.pdf

FERNÁNDEZ, Laura. . 2 de mayo de 2018. Pérgamo, la ciudad helenística que quiso competir con Atenas. Revista National Geografic. Disponible en: https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/pergamo-la-ciudad-helenistica-que-quiso-competir-con-atenas_10262

MOLINA, César A. De Pérgamo, el pergamino. Periódico El País. 14 de agosto de 2010. Disponible en: https://elpais.com/diario/2010/08/14/viajero/1281820094_850215.html

OLIVARES CHÁVEZ, Carolina. Reseña de “Las bibliotecas del mundo antiguo” de Lionel CASSON. Nova Tellus 2006, 24. 4 de mayo del 2019. Disponible en: www.redalyc.org/pdf/59114742011.pdf

VIZCAÍNO, Candela. 6 de octubre del 2014. La Antigua Biblioteca de Alejandría, una historia desde su fundación hasta su destrucción y quema. Disponible en: www.candelavizcaino.es

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