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Llegará el 21 de enero, vendrá un presidente… ¡Y volverán las oscuras golondrinas!

Por Ángel Morla

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán

En 1868, cuando Gustavo Adolfo Bécquer publicó estas líneas en Volverán las oscuras golondrinas, no se imaginó el giro que podría tomar su verso hacia la dimensión sociopolítica. En la coyuntura de la celebración religiosa del 21 de enero, que sirve de ventanas para recibir “oscuras golondrinas”, la provincia La Altagracia es como los cristales del balcón de la amada en el poema del ibérico, salvo la textura del cristal. Fíjese, lector:

Bécquer y aquella damisela contemplaban el arribo de los pájaros; hemos de suponer que los contrastes no blanquecinos eran visibles gracias a la transparencia y fragilidad de los cristales del balcón. Una situación para permitir incluso el choque sin heridas de las aves cuando volaban imponentes; pero sin una fuerza que permitiese dolor alguno. Por suerte, aquellos huéspedes eran bien recibidos; como lo han sido quienes han venido al hogar de los higüeyanos por largo tiempo.

Nuestras “ventanas orientales” también han albergado golondrinas, como las de los versos becquerianos. Pero, con pesar, nos hemos visto precisados a segar la vista, a tornarla indiferente; aunque ello, hay que admitirlo, no ha resultado en obstáculo para que determinados huéspedes sigan arrimándose. Muchos, a visitar un santuario que permanece incólume como el único atractivo del salón: como ─me imagino─ alguna planta ornamental de aquel balcón que cautivaba los sentidos de las golondrinas; otros, de un comportamiento fluctuante, expresado con gestos y actitudes incómodas, porque buscan recompensas o congracias inmerecidas con la alta jerarquía del “imperio dominicano”.

El 21 de enero no acudiremos con regocijo a los portales de nuestros hogares, sino los de la imponente basílica catedral, que hará la apertura de cada vuelta al sol para que hombres y mujeres bien trajeados tomen asiento y susurren entre sí al compás de las notas agudas del órgano sacro. Esos mismos individuos entre quienes hay anfitriones y nativos que algún día hicieron maletas y atravesaron la llanura del Caribe hacia el porvenir económico y político que les ofrecía la ciudad capital.

Entre todos ellos se moverá la brisa que, de acuerdo a los devotos, evidenciará la presencia de la madre del Cristo, para recibir las ansiadas peticiones que sus almas tanto desean. Creo que con ella también se moverá el alma de Marx y Engels, o la de Bosch, quienes ascenderán por las escalinatas, mientras contemplen la pared rojo rubí de la que pende enunciado en latín el Ave Maria Gratia Plena Dominus Tecum; ingresarán al templo y reafirmarán la división de clases. De un lado la oligarquía política y económica, y del otro los fieles devotos haitianos y dominicanos, amparados en lo único en que ven una salida: la fe.

Si algún observador se decide a acudir al templo de Santa María pondrá sus ojos en algunos pequeños aspirantes a líderes y pichones de comesolo, que coincidirán con dirigentes barriales y comunicadores nacionales y de La Altagracia a ver si alcanzan a distinguir el bigote del presidente del de Miguel Vargas; la frondosa barba de Amable Aristy, los rechinantes zapatos y costosos vestidos de las mujeres del empresariado que descendieron al hospedero Higüey.

Pero, del otro lado, el observador verá los estrujados atuendos de mujeres haitianas, cual salidos de la boca de un burro, sujetando con temblor en sus manos sudorosas el velón que se derrama por los bordes de la imagen de la virgen de La Altagracia; y se dibujarán dos lágrimas de blanca parafina, como las que salieron de sus ojos el día de la crucifixión. El observador cauteloso escuchará el clamor del hatero, que vino desde las lomas colindantes de El Seibo y la sección Santana para pedir un aumento en las mejoras de su minifundio. Podrá ese higüeyano observador, lector de diarios, opinante concienzudo, detectar el contraste de colores, no ya del cristal de nuestras ventanas, sino de la cosmovisión del político, local y nacional; por lo contrario, el contraste de los ingresos, reflejado en sonrisas, calidad de la distinción, y millones de variables imposibles de captar en único instante.

Ante la diversidad, el alma de Bécquer debiera volver, y entrar hasta el interior de la basílica, a ver cómo están presentes las “oscuras”, pero no las “oscuras golondrinas”… En su lugar, a ver cómo pululan las “oscuras candidaturas”; las “oscuras devociones”, las “oscuras promesas”, que desde algún tiempo han cruzado sobre Chavón para aprender alguna cosa curiosa sobre Higüey, como el nombre de niños pedigüeños que se desplazan entre las palmas que inauguran la avenida Agustín Guerrero, para preguntarles: “¿Cómo se llaman?”. Y anotar sus denominaciones para ponerles luego la espalda de espejo. Porque, como en Bécquer, “Aquellos que aprendieron nuestros nombres… / Esos, no volverán”.

¡Y no! Las oscuras golondrinas no volverán. Saldrán corriendo con el primer estruendo del helicóptero oficial y las luces de la avanzada presidencial. Irán las golondrinas junto a las palomas de San Dionisio a beber del Pozo de la Virgen. No les agradará recibir, entre muchos de los convocados, las otras “oscuras golondrinas”. Alguna saldrá de la bandada y cesará de beber, y exclamará, mientras cautas escuchen las palomas: “Vieron, ahí están las otras, las que en su alma tienen el color que por fuera tenemos nosotras”, mientras alguna otra responda con resignación ─como con resignación hablamos algunos higüeyanos cada 21 de enero─: “No es nada extraño, ya lo sabemos, el 21 de enero del 2020, como desde siempre: ¡Volverán las oscuras golondrinas!

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