Historiador de la Ciudad

Los trapiches o ingenios de Higüey

Francisco Guerrero Castro, historiador.

En la villa de Higüey el censo y repartimiento, de los caciques y sus súbditos, fue hecho por los comisionados Pedro Ibáñez de Ibarra y Rodrigo de Alburquerque. Firmaron Miguel de Pasamonte, Rodrigo de Alburquerque, Juan de Mosquera y Alonso de Arce, el 18 de diciembre de 1514. Luego de este censo, con la llegada de los padres jerónimos, se comenzaron a construir los ingenios. En la región de Higüey se construyeron dos ingenios, conocidos como los de Sanate y Chavón.

El ingenio del río Sanate se encuentra a nueve kilómetros de Salvaleón de Higüey. Sus ruinas son un reflejo de la prosperidad de la Villa en aquellos tiempos, quizás fue una de las causas del traslado del Higüey en Yuma al Higüey actual.

El ingenio Sanate fue construido y fundado por Juan de Villoría:

El mismo Juan de Villoría hizo e fundó otro ingenio, de los muy buenos desta isla, en el río e ribera que llaman Sanate, veinte e cuatro leguas desta ciudad de Santo Domingo, en término de la villa de Higüey; el cual quedó, después de sus días, a sus herederos e a doña Aldonza de Acebedo, su mujer, y es rico heredamiento”[1].

Este ingenio fue catalogado en su tiempo como “muy bueno y de los principales de la Isla”. La represa del ingenio, en el río, está localizada a 600 metros del “Salto de Sanate”. Cuando murió Juan de Villoría, toda su fortuna, incluyendo el ingenio, pasó a manos de sus herederos y de su esposa, Aldonza de Acevedo. Luego el ingenio fue abandonado. Cuenta Las Casas que Juan de Villoría “era un hombre piadoso y trataba a los indios menos mal que la mayoría de sus compatriotas”.

Juan de Villoría tenía socio, porque según Real Cédula[2],del 8 de octubre de 1536, “a pedimento de Domingo de Forne, por sí y en nombre de sus consortes y compañía, dándole licencia para que por término de dos años pueda pasar a la isla Española ocho mil ducados de moneda de plata y vellón labrada según de la ley y manera que se pasó a las Indias en tiempo del Rey Católico, la cual moneda pueda labrar en cualquier casa de moneda de estos reinos. El peticionario tenía en la isla un ingenio de azúcar en compañía de Juan de Villoría y pedía esta licencia para sustentar el dicho ingenio y pagar a las personas que con él tenía”. Para esa fecha el ingenio funcionaba aún, porque solicitó esa Real Cédula para sustentar el mismo.

El otro ingenio está localizado en la ribera del río Chavón. Era llamado, antiguamente, Quiabón; a unos veinte kilómetros de Higüey. Fue comenzado a construir por Hernando de Carvajal y Melchor de Castro. Se afirma que su construcción no se terminó, porque “sus dueños no terminaron de ponerse de acuerdo, ya bien por hallarse el sitio lejos o porque les pareció que la costa era mucha hasta tener aviado, en fin no permaneció”.

Así se lee en el siguiente párrafo[3]:

“Otro buen ingenio habían principiado en la ribera del río Quiabón, a veinte e quatro leguas de esta ciudad de Santo Domingo, Hernando de Carvajal é Melchor de Castro, en un muy gentil asiento; pero este edificio cesó, porque éstos deshicieron la compañía, e porque se les hizo lejos, ó porque les pareció que la costa era mucha hasta tener aviado: en fin no permaneció”.[4]

El ingenio de Chavón fue administrado, en una época, por los hermanos Trejo.

En el mes de agosto del año 2003, en compañía del inglés John Fleury[5], Petra Adames y Sergio Amparo, visitamos las ruinas del ingenio de los Trejo, en las márgenes del río Chavón. Después de El Cruce de Pavón, en la carretera Higüey-El Seibo, doblamos a la izquierda, como el que va para el batey Guaymate, a unos seis kilómetros giramos, de nuevo a la izquierda, internándonos en terrenos del Central Romana Corporation; hasta llegar al río Chavón. Emprendimos una caminata, de una hora, por toda la orilla del río. El encuentro con aquellas ruinas me dejó taciturno. Lo primero que vimos, sobre un arroyo, fue un arco llamado, por los campesinos del lugar, “El Arca”. Es el más grande, de un conjunto, sostenían en su parte superior un canal, que traía agua desde una represa. El agua transportada constituía la fuerza hidráulica del trapiche. Se han conservado las ruinas del represamiento del río, no obstante, las grandes crecientes del río Chavón, a la fecha.

Tomamos las medidas correspondientes. A unos 70 metros de donde el arroyo desemboca, en el río Chavón, se encuentra un impresionante puente, de medio punto, casi 9 metros de altura, hecho en mampostería y ladrillos rojos, de estilo colonial. Se conoce por “El Arca de los Indios” ó “El Arca de los Trejo”.[6]

Desde el nivel del agua, al punto más alto del puente, mide 34 pies y 3 pulgadas; unos 8.70 metros. Al nivel del agua el arco se abre a 21 pies y 7 pulgadas; 6.59 metros y las columnas tienen una anchura de 6 pies y 6 pulgadas; 1.78 metros. Al final del puente se observan los restos de lo que fueron al menos dos arcos más, a cada lado, que habrían conectado con el arco principal del puente. Solamente, el arco central queda intacto todavía[7].

Tomadas las medidas de “El Arca observamos un tramo del acueducto, de algunos 100 metros de largo por 2.5 metros de ancho, muy bien conservado, que conectaba con la misma, en su lado Norte. La altura oscilaba entre cuatro y seis pies. Este tramo tiene pequeños arcos, elaborados de ladrillo, que hacen de pequeños desagües; para que, cuando el río crezca, no represe las aguas. Mientras inspeccionábamos los pequeños arcos le señalé a Mr. Fleury una inscripción, en el interior de uno de ellos; se tomaron fotografías.

La inscripción reza:

“Con tierra y cal y piedra, a presión, dejar pasar agua, en medio de todos los pilares, hasta enrasar con la tierra.”

Esta inscripción la había visto Fray Vicente Rubio, hacía más de 30 años, en el 2003, su traducción paleográfica la cedió a Mr. Fleury.

 “Parece que es una instrucción, posiblemente de un maestro de obra, o maestro mayor, a otro. En el mismo pañete se pueden encontrar dibujos “de niño” de un barco, un caballo y tres lagartos. Puede que estaban hechos en la misma fecha que la escritura”.

En compañía de Sergio Amparo, el esposo de Petra Adames, caminamos dos kilómetros, río arriba, aproximadamente; buscábamos la represa que permitía almacenar agua para su envío por el canal o acueducto hasta el trapiche del ingenio. John Fleury nos explicó cómo seguir los rastros del acueducto río arriba. Nos dijo que “en donde hay rocas enterradas no crece la hierba y aparenta quemada. En una sequía las hierbas que no tienen raíces profundas se queman más rápidamente que las demás hierbas. Así que en donde hay roca o restos arqueológicos enterrados la yerba por arriba se quema primero”.

Siguiendo este consejo, Sergio y yo, caminamos alrededor de dos kilómetros. En el trayecto encontramos, a medio enterrar, cuatro arcos de ladrillo, tamaño menor a “El Arca”. Vimos un lugar con piedras; lava, color negro; parecidas a la del río, con cortes perfectos. Parece que en ese lugar cortaron las piedras que utilizaron en la obra. En partes del trayecto el terreno, se nota, fue acondicionado; algunas montañas fueron seccionadas.

En un lugar, llamado Natera, están los restos de la toma de agua para el acueducto del trapiche. Al nivel del agua, en el lado Oeste del río, reaparecen los restos del acueducto, por debajo de un corte, en la roca viva, con dos metros de profundidad, por seis metros de largo, conduce a un canal caudaloso, sube hasta la cabeza de la cascada. En este punto el río tiene una anchura entre 79 y 81 metros, el nivel desciende a 3.5 metros, en una cascada, en menos de 200 metros. A lo largo de la primera línea de rocas, un canal, que se estrecha, de ribera a ribera, en línea casi recta. Ha sido erosionado, pero es 1.20 metros de ancho, entre 0.20 y 1.00 metro de fondo. No hay indicación alguna de mano de obra humana en su construcción. Después de casi cinco siglos de erosión, constante del río, no se esperaría ver nada, sin embargo, su ubicación y su apariencia, sugieren que fue el cimiento de una represa.

Agotados y cansados regresamos a “El Arca”, nuestro punto de encuentro, con Mr. Fleury y Petra.

En “El Arca”, de nuevo, observamos con detenimiento el terreno, descubrimos que la hierba estaba “quemada”, hacía un círculo; lo medimos, tiene un diámetro de 16 pies, el mismo del trapiche del ingenio de Sanate. Habíamos encontrado el trapiche.

Después de “El Arca”, otro arco; este conectaba al trapiche. El agua, hacía girar el trapiche; salía con dirección a un arroyo que la retornaba al río.

Nos trasladamos a una colina, próxima, vimos restos de piedras; marcas, sobre el terreno; el lugar de edificación de una pequeña Villa. Seguimos otra línea, de hierba “quemada”, desaparece bajo un lago artificial; en su fondo, residuos centenarios de azúcar.

Al Sur del arroyo mencionado hay una planicie de unos 200 metros2. Se limita al Norte, por el arroyo; al Este, río Chavón; al Sur y al Oeste, por colinas; muy altas para una continuación del acueducto. Hay dos posibilidades:

Una aldea, llamada “El Arca”, existió; río abajo. Los campesinos, ancianos, recuerdan una crecida del río Chavón; arrastró todas las casas de “El Arca”. Hoy, año 2003, quedan once árboles, de naranja; plantados en el patio trasero de la casa más lejos del río. La planicie mencionada contiene dos elementos curiosos; en la esquina suroeste, un fango, agua estancada. Bloqueando la salida del agua estancada, una sección, tan seca, que la hierba está “quemada”. ¿Qué hay en el fondo? Una exploración arqueológica lo puede contestar.

Fleury leyó, lo escrito por Vetilio Alfau, sobre los mencionados ingenios, sacó sus conclusiones, las cuales no comparto:

En la obra, Vetilio Alfau Durán en el Listín Diario, Escritos (I), página 306, al final de un artículo con el título “El Ingenio de Los Trejo, en Higüey” don Vetilio escribe:

“Este artículo publicado sin pretensiones arribistas del siempre novel historiador, apareció tal como ahora se reproduce, en la edición número 3464 del diario El Caribe, de esta ciudad, correspondiente al 17 de octubre del año 1957. Anteriormente nos habíamos referido a las ruinas de los ingenios azucareros contiguas a las márgenes de los ríos Sanate y Quiabón, ambos en la jurisdicción de Salvaleón de Higüey, en articulitos publicados en el Listín Diario de las fechas siguientes: “Los cañones y fortines de Yuma” (4 feb., 1931); “Piedras coloniales” (10 may., 1931); “Apostillas históricas” (15 jul., 1932); “Acerca de un perdido castillo” (27 nov., 1932). También publicamos “Las ruinas de El Arco”, El Triunfo (La Romana), núm. 117, 30 abr., 1932.

En lo que a las de Sanate y Quiabón se refieren, utilizamos, con las citas precisas, los datos que ofrece Gonzalo Fernández de Oviedo y que reproduce Delmonte y Tejada”.[8]

 “Cuando en la sesión del 14 de octubre de 1941 la Comisión Conservadora de Monumentos Nacionales tomó el acuerdo de designarnos “su Delegado” en Higüey, nombramiento comunicado por su Presidente Lic. Víctor Garrido, de tan feliz memoria, por oficio número 34, de fecha 20 del citado mes, compilamos un Informe acerca de la ubicación de las ruinas coloniales existentes en dicha jurisdicción, consignando los datos que acerca de ellas eran de nuestro humilde conocimiento. Fue entonces, cuando con la buena cooperación del Síndico Municipal Lic. Emilio Méndez Núñez, logramos limpiar debidamente las de Sanate, y evitar que de ellas se siguieran extrayendo ladrillos y otros materiales, noticia esta que hace unos días comunicamos al joven y competente arqueólogo Prof. Chanlate, quien ahora las está estudiando concienzudamente”.[9]

John Fleury, con relación a este escrito, de Don Vetillo Alfau Durán, comentó lo siguiente, en el año 2004:

  • El “Informe acerca de la ubicación de las ruinas coloniales existentes” no se pudo encontrar.
  • Con referencia a “Los cañones y fortines de Yuma no hay mención de Sanate y Quiabón.
  • Con referencia a “Piedras coloniales” hay mención de Sanate pero no de Quiabón.
  • Con referencia a “Apostillas históricas” hay mención de Sanate y Quiabón de paso.
  • Con referencia a “Acerca de un perdido castillo” no pude encontrar el artículo.
  • Con referencia a las ruinas de “El Arca”, he aquí el texto, que confirma nuestra hipótesis de que es un ingenio, e implica que estaba mucho más de construcción para ver hace setenta y dos años.

En otro escrito Don Vetillo Alfau expone:

 Por Vetilio J. Alfau Durán

 El Triunfo, La Romana, 30 de abril de 1932.

 “Recientemente el distinguido y apreciado Canónigo Don Tomás Núñez, digno Cura Parroquial de esta ciudad, visitó en compañía de los Exploradores Católicos que dirige, las antiguas ruinas denominadas de “El Arco”. Sin duda alguna por el atrevido y majestuoso arco que servía para la caída de las aguas que daban fuerza motriz (hidráulica) al ingenio. Las ruinas aludidas se encuentran enclavadas en la margen occidental del río Chavón, en la desembocadura de un pequeño arroyo, afluente de dicho río. Se me ha pedido algunos datos referentes a dichas ruinas, cuya antigüedad es digna de veneración. La fuente histórica que únicamente he podido hasta ahora encontrar que arroje luz sobre el origen de esas vetustas paredes, ennegrecidas por los años, arropadas por exuberantes enredaderas y adormecidas por el suave susurrar del río, lo transcribo aquí, tal como aparece en la “Historia General y Natural de las Indias”, de Gonzalo Fernández de Oviedo y el cual hemos visto insertado en la “Historia de Santo Domingo” de Don Antonio del Monte y Tejada: Otro buen ingenio habían principiado en la ribera del río Quiabón, a veinte e quatro leguas de esta ciudad de Santo Domingo, Hernando de Carvajal é Melchor de Castro (1), en un muy gentil asiento; pero este edificio cesó, porque éstos deshicieron la compañía, e porque se les hizo lejos, ó porque les pareció que la costa era mucha hasta tener aviado: en fin no permaneció”.[10]

(1) Vetilio Alfau Durán. Higüey, abril de 1932.

Este Sr. Melchor de Castro pasó a residir a Venezuela, donde ocupó varias cargas y adquirió fortuna. Parece que murió a manos de los fieros indios del Valle de San Roque. En las Págs. 46, 99 y 100 del Tomo I de “Encomiendas”, (de indios) publicado por el Director del Archivo General de Venezuela, Dr. Dávila, se hace mención de su nombre.

Los comentarios de Mr. John Fleury fueron:

  • A pesar de la insistencia de don Vetilio Alfau Durán en escribir “El Arco” todo el mundo y todas las referencias están de acuerdo con que se escribe “El Arca”.
  • La cita de Gonzalo Fernández de Oviedoes: Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia General y Natural de las Indias. Primera Parte, Libro Cuarto, Capítulo VIII. B.A.E., Madrid, 1992, Tomo I, Pág. 110.
  • Con referencia a la biografía de Melchor de Castro, Doña Vilma Benzo de Ferrerno está de acuerdo:

“MELCHOR DE CASTRO—Hijo de Gómez de Castro y María López, vecinos de Medina del Campo, Valladolid; con su hermano Baltasar y sus criados Juan Díaz y Pedro su hermano, hijos de Juan Díaz y de Aldonza su mujer, vecinos de Mélgar, a Santo Domingo el 22 de Agosto de 1511. Pertenecía a una de las familias favoritas de Fonseca y Conchillos; Escribano Mayor de minas; Alcaide, señor de ingenios; Contador de las Cajas de Santo Domingo; antes de 1535 vivía en la Padre Billini esq. Hostos actual de Santo Domingo; tenía sepultura en el Convento de Dominicos. En Abril 24, 1551, renunció en su sobrino Pedro de Castro Maldonado y el 11 de mayo de 1552 la Audiencia de Santo Domingo da cuenta de su muerte. Cfr. Benzo de Ferrer, Vilma: Pasajeros a isla Española, 1492 – 1530. Amigo del Hogar, Santo Domingo, 2000”.[11]

  • Me fascinó el estilo de escribir: “La fuente histórica que únicamente he podido hasta ahora encontrar q. arroje luz sobre el origen de esas vetustas paredes, ennegrecidas por los años, arropadas por exuberantes enredaderas y adormecidas por el suave susurrar del río”. (Creo que todos tenemos la ambición secreta de ser autores literarios)”.[12]

Lo grande de esta obra, su acueducto, nos hace pensar en la inmensa cantidad de personas que trabajó en ella, las calamidades que pasaron. Hoy, es difícil hacer dos paredes paralelas; medio metro de ancho, cada una; seis o más pies de alto, según el terreno; un canal en el centro para transportar el agua con una longitud de 2,000 metros lineales. En esa obra debieron enfermar y morir una cantidad inmensa de indios y negros esclavos.


[1] Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Historia general y natural de las Indias: Parte 1 (1535). Capítulo VIII, del Libro IV. Año de 1546.

[2] AGI. SANTO_DOMINGO, 868, L.1, F.2R-2V

[3] “Historia General y Natural de las Indias”, de Gonzalo Fernández de Oviedo y el cual hemos visto insertado en la “Historia de Santo Domingo” de Antonio del Monte y Tejada.

[4] Ibídem.

[5] Nuestro compañero de excursión y colaborador, Mr. John Fleury, nació en Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Se crió en Plymouth, la ciudad de Francis Drake. Según nos contó “trabajaba en la publicidad y en 1974 encontró a Jesús en Madrid, y su vida cambió por completo. Dos años más tarde se casó con el amor de su vida, Nidia, de Juan López, Moca. En 1982 la pareja llegó a la República por invitación del P. Emiliano Tardiff para ayudarle en la fundación de la comunidad laica “Siervos de Cristo Vivo”. Se enamoró de Nuestra Señora de La Altagracia hace veinte y cinco años, y desde entonces su afán de conocerla ha crecido año tras año”. John, al igual que el autor de esta obra es Miembro de Número de la Academia Altagraciana.

[6] Fleury, John, agosto del 2003.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem.

[12] Ibídem.

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