Editorial

Mientras el tejido social se desarticula, en la clase política abundan los vínculos

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A la altura del calendario, 27 de noviembre, fin de año y con posibilidad de tener tres procesos eleccionarios el año que viene, muchos dominicanos tienen la sensación de que es, quizá, la primera vez que el escenario político se muestra tan distorsionado. Los políticos lucen desesperados e imprudentes. Se ven alianzas e intentos de pacto desde todos los puntos de vista. ¿Habrán sopesado lo suficiente la necesidad de ceder algunas o todas sus posiciones? No lo sabemos.

A buena parte de la ciudadanía le luce que la dimensión de poder ha dominado la voluntad de las dirigencias de los partidos. La meta, proclaman casi todos: “sacar al PLD”. La Fuerza del Pueblo, el PRM, el PRSC, los partidos bisagra ¡Y hasta Alianza País! (la organización política más radical en sus posturas) ha flexibilizado sus términos y condiciones para canalizar la derrota del peledeísmo.

La deuda pública sigue aumentando, las nóminas públicas se abultan, la evasión fiscal permanece; la corrupción administrativa mantiene atados a una televisión a los que siguen con fe (cuando no escepticismo) las incidencias de Odebrecht. El dengue sigue matando, el sueldo mínimo aleja a los ciudadanos de una vida “digna” y aceptable; la academia no egresa todo el talento que requiere el país para desarrollarse plenamente; la atención primaria en inercia; las ARS y AFP engrosan sus bolsillos con jugosos rendimientos mientras el congreso nos marea con una supuesta reducción de las ganancias de estas últimas entidades. Y así, cada integrante del tejido social se fragmenta en una relación inversamente proporcional a la evolución de los políticos, quienes parecen gravitar en torno al bienestar de sus propios intereses.

Pero, para no pecar de fatalistas, esperemos (y casi siempre sabemos dónde concluyen las esperanzas) que el ánimo sea el desplazamiento de un sistema implantado hace mucho. Confiemos en que las intenciones “sean” trabajar para reducir la desigualdad y eliminar de una buena vez la pobreza en todas sus dimensiones.

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