Parecer

Para que el pensamiento fluya

Ángel Francisco Morla Ávila

Las personas que ya tienen una larga trayectoria en el oficio de escribir hablan con frecuencia del miedo a la página en blanco. En los tiempos en que escribir solía ser común la maquinilla yacía frente al novel escritor como si de alguna manera lo mirara con altas expectativas de ser tocada. Ahora el computador/tableta permanece ansioso de recibir tecleos que se conviertan en largos párrafos; en cosas que decir, historias atrapantes y criterios que se exhiban a los destinatarios sin temor.

Por algún motivo, dicen los veteranos, la única manera de enfrentar la página en blanco consiste en sentarse en ella y llenarla, de lo que sea. Hacer un vaciado de toda la red que se entreteje en nuestras mentes sobre el papel intocable de nuestros dispositivos le pone fin a la inercia. Según Daniel Cassany, uno debe olvidarse de las correcciones y dudas; dejar los menesteres de perfeccionamiento para el final. Otros autores, por igual, aconsejan esparcir todo el pensamiento. Más adelante tocará pulir el diamante. Nos armaremos, pues, con todos los instrumentos adecuados en el fino arte de retocar el discurso.

Será posible hacerlo gracias a un arsenal pesado que deberá consistir en búsquedas minuciosas en libros, artículos de periódicos, revistas especializadas, diccionarios, manuales de redacción, entre muchísimos más. Sin embargo, el principal antecedente deberá ser la lectura. La humanidad ha avanzado muchísimo, aportándonos todo lo necesario para descollar en cualquier oficio. No es necesario que reinventemos la rueda o que “descubramos el agua tibia”. El pensamiento más trascendental reposa, como la misma página en blanco, esperando en algún anaquel de biblioteca por las manos curiosas que habrán de adquirirlo.

Hoy podemos acceder a todo el material bibliográfico que queramos si no disponemos de ellos en formato físico. La tecnología moderna pone a disposición de lectores e investigadores libros digitales y toda la información buscada. Debemos, por supuesto, colectar en orden lo relevante para evitar la saturación. Así, estaremos en mejores condiciones de organizar el pensamiento ajeno y contrastarlo con el nuestro. Posiblemente, el resultado de esa actividad sea toda una nueva “ingeniería de conceptos”, en términos del filósofo Simon Blackburn, autor de la obra Pensar: una incitación a la filosofía. En resumen, tenemos dos grandes canales para que el pensamiento fluya: leer y escribir. Ellos dos facilitarán nuestro camino a ser libres.

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