Historiador de la Ciudad

Salvaléon de Higüey y el devenir histórico

Por Francisco Guerrero Castro

Francisco Guerrero Castro, historiador.

   La característica que diferencia la Historia Moderna, respecto a su antecesora, es el “descubrimiento”. España forma parte de nuestro devenir querámoslo o no. A España la llevamos encubada en la sangre, pertenece a nuestro criollismo, forma parte de la Ley de Sangre (Jus Sanguinis).

   Muchos estarán en desacuerdo, pero que nos pertenezca la colonización, sus tradiciones, religión y costumbres es responsabilidad de los Reyes de España.

   Allá ganaron tierras a los moros, hicieron de las mezquitas las iglesias, echaron de ellas el nombre de Mahoma y metieron el nombre de Nuestro Señor Jesucristo; en Higüey fundaron y dotaron la ermita Nuestra Señora de La Altagracia. De ahí la esencia religiosa que acompañó la colonización.

   En Higüey, luego de la conquista no existirían rupturas dentro de la Edad Moderna. Los usos y costumbres serían semejantes a los de la Edad Media; se mantendría el señorío y los privilegios de la sangre. Del feudalismo, relegado a la Alta Edad Media, se encuentran rastros en la actualidad; aún se mantiene la jurisdicción de un hacendado sobre sus empleados.

   En el siglo XVII se consumía aceite de algodón, mantequilla de óleo margarina, arroz de baja calidad procedente de Asia; la población carecía de recursos para importar artículos como aceite de oliva y arroz de Carolina. Se consumía café y alcohol en exceso, en las cocinas se contaba con un caldero, ollas de latón[1] e higüeros.

   Existían las creencias erróneas de que el guineo es venenoso si se toma con leche, que el mamey mataba, que el plátano con alcohol por igual. El tratamiento para los enfermos era laxándose y no comiendo. Para montear[2] llevaban plátanos, tocino, sal, café, melao, un pedazo de andullo y ron. Se prefería la carne de cerdo que era digerida en las noches cuando se llegaba de las monterías.

   Los beneficios que obtenían lo dedicaban al “fandango”[3]. Las lavanderas iban a los ríos, casi desnudas, con arenque y plátanos que allí preparaban. Los perros[4] eran compañía perenne. Las camas eran barbacoas a lo largo de los setos. La vestimenta se comenzaba a utilizar en la pubertad y el calzado era cosa de nunca obtenerse.

   En los conflictos del pasado, como en las elecciones hoy día, los jefes rurales se comprometían con los dos rivales en la Villa y se decidían cuando veían a uno de los dos perdido. El vencedor en ese momento era la autoridad; el latifundio era su base económica, la esclavitud su fuerza laboral, la voluntad eran sus leyes, las reglas no escritas su constitución, el incumplimiento sus normas de vida. Higüey fue heredero de un régimen colonial español, autoritario y centralista, que estuvo con frecuencia asediado por esclavos insurrectos y aventureros de toda índole.

   Los higüeyanos participamos en las guerras[5] contra los haitianos y en nuestras guerras intestinas contribuimos con la anarquía que desembocó en la primera intervención militar norteamericana; un ejemplo es que desde Higüey, Cesáreo Guillermo ocupó, militarmente, Santo Domingo. Higüey es un pueblo que siempre ha dado lo mejor de sí para el logro de sus propósitos; nunca nos faltó coraje para defender el derecho a las tierras expropiadas, razón por la cual fuimos llamados “gavilleros”, cuando la primera intervención militar norteamericana de 1916.

   Según Alfau Durán, la forma en que evolucionó la zona de Higüey, durante los inicios de la modernización, dio lugar a que se constituyeran las fincas más extensas del país, en manos de unos cuantos hacendados, militares, comerciantes y funcionarios; como José Loreto Julián, Tomás Demetrio Morales, Modesto Cedano, Oscar Valdez y Eduardo María Guerrero Durán. Higüey estuvo, hasta hace pocas décadas, condicionado por relaciones sociales ancestrales. El latifundio higüeyano se asoció con diversos factores como la escasa población, la posición marginal del territorio y el predominio de suelos rocosos.

   Los higüeyanos somos víctimas de una insuficiencia de información, claudicación de buena parte de nuestra inteligencia y de la impotencia de nuestros hombres; para enfrentar los desafíos extraordinarios en búsqueda de la mejoría material que nos ha planteado el devenir histórico.

[1] Aleación de cobre y zinc.

[2]Común hasta 1970. Llegué a observar a mi bisabuelo Victoriano Garrido Cedeño, fallecido en 1973, cuando regresaba con carne de “puerco” cimarrón desde las monterías próximas a la sección El Limón en donde poseía unos predios.

[3] La más grande manifestación musical y bailable de la “cultura campesina” en desarrollo desde los tiempos de la colonia hasta el 1850, aproximadamente.

[4] Desdichado animal. Fiel hasta en la desgracia, consecuente hasta con el hambre y la degradación, no deserta ni de los lugares en que no humea el fogón todos los días.

[5] Mérito no reconocido. Se celebra la batalla de Azua, pero en su mayoría quienes fueron a la batalla del “19 de Marzo” fueron higüeyanos. Higüey no conoce una parada militar.

Guerrero Castro, Francisco, 1964-. Origen, Desarrollo e Identidad de Salvaleón de Higüey. Santo Domingo, República Dominicana: Editora Nacional, 2011. ISBN 978 9945 469 46 2

Relacionados

7 thoughts on “Salvaléon de Higüey y el devenir histórico”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otros Artículos

Close

Adblock Detected

Please consider supporting us by disabling your ad blocker